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TRIBUNA

Leemos, luego existimos

jueves 02 de febrero de 2017, 20:15h

En una magnífica película de hace unos años (“Tierras de penumbra”) sobre una etapa de la vida de C.S. Lewis, el catedrático oxoniense conocido para el gran público por ser el autor de las “Crónicas de Narnia”, se relata que éste tenía un alumno desmotivado que confesaba aburrirse mucho en sus clases. Sorprendido por coincidir frecuentemente con el mismo en bibliotecas y librerías, Lewis pregunta al alumno por la causa de su afición por devorar libros, a lo que éste contesta: “leemos para saber que no estamos solos”.

Pocas actividades humanas pueden compararse a la lectura, al placer y, sobre todo, a la capacidad de comprensión que ésta proporciona a los que la cultivan. La buena conversación podría estar casi a su altura, si bien la letra impresa da lugar a una intimidad y, a pesar de que pudiera parecer paradójico en un principio, a una intensidad en el diálogo con los demás y con uno mismo inigualada. A través de la lectura conocemos descarnadamente que otros piensan, anhelan, temen… lo mismo que nosotros, lo cual, ciertamente, cuando menos nos proporciona consuelo en una experiencia tan “terriblemente solitaria” (o agónica en términos unamunianos) como es afrontar nuestro paso por este mundo. Por ello, probablemente, la lectura es a la vez la actividad más solitaria y comunicativa de cuantas puede realizar un ser humano.

Ahora bien, siendo una labor placentera como pocas, sin embargo no es una actividad fácil, pues requiere tiempo y esfuerzo. Y, en los tiempos que corren no andamos muy sobrados de ambas cosas. Hace pocas fechas se hacía pública una encuesta realizada en nuestro país que señalaba que cerca de un 40% de españoles no leía ni un solo libro al año. Dicho porcentaje se antoja incluso corto en un ambiente como el actual poco propicio, cuando no hostil, para el arte de leer (también para el de escribir). La tiranía de la imagen, de lo inmediato, de lo útil no es precisamente el mejor caldo de cultivo. Y ello pese a que en nuestros días pueda parecer precisamente lo contrario, ante la avalancha de información disponible hoy en la red. La Biblioteca de Alejandría se ha hecho universal, sin embargo, existe el más que probable riesgo de ser sepultados por el alud de información, no solo disponible, sino arrojada al ciudadano-consumidor. Como observa con agudeza el autor del último best-seller ensayístico “Homo Deus”, ante el peligro de varar la nave en el mar de los sargazos de páginas y páginas de internet, el verdadero conocimiento, el auténtico poder del inmediato futuro (y probablemente ya del presente) será el poder eliminar, suprimir la información superficial o manipuladora, en una palabra, lo que distinguirá a las élites del resto será la capacidad o posibilidad de seleccionar la información a la que se quiera acceder, o en su reverso, que le sea suministrada.

Wikipedia puede resultar un instrumento útil, pero no puede ser la sacarina del estudio y, por ende, del conocimiento auténtico, únicamente accesible a través de la Lectura con mayúsculas. La argumentación profunda, con tesis y antítesis, el pensar mientras se aprende, sólo es posible pasando (se admite el Kindle) un número relevante, al menos no exiguo, de hojas. Por ello, es urgente recuperar la lectura. Está bien que nuestros hijos desde muy temprana edad se familiaricen con el Ipad, auténtico vademécum del futuro, pero no por ello puede pretenderse sustituir sin más la lectura, porque sus ámbitos, sus objetivos, no son idénticos. Hoy por hoy, y a la espera de que pueda instalarse en nuestro cerebro un chip que nos haga asimilar información y conocimiento, no hay ninguna otra actividad que supere a la lectura como camino para “saber y pensar”.

De ahí que sea inaplazable que las sociedades se tomen en serio la importancia de relanzar la lectura. De este modo, debe reforzarse su importancia en la singladura académica y, sobre todo, que se fomente la atracción por ella, siendo los primeros llamados la comunidad educativa y editorial. En relación con esto último, uno comprueba con cierta desolación que la escasa literatura infantil o juvenil de hoy en día (lo mismo cabría decir de muchos de los textos incluidos en los libros escolares) parece en muchas ocasiones tener un punto de partida idiotizante en relación con su destinatario natural, y ello, por mor de un prurito de pretendida originalidad que le lleva a querer alejarse lo más posible de los llamados parámetros clásicos. Así, es cuanto menos cuestionable que el sustitutivo de “Blancanieves” o de “El Príncipe Feliz” pueda ser un relato en el que lo único que se cuenta es cómo hacer un pastel de sapo con la ayuda de una bruja muy simpática (“sic”). Parecidas consideraciones cabría hacer respecto al resto del público. Por más que pueda pesar a algunos en la era del fast-knowledge, el conocimiento no puede reducirse a power points. La vida, el ser humano, son (felizmente) complejos, y el acercamiento a su verdadera esencia necesariamente lo es también.

Pero incluso al margen de lo señalado, la lectura es altamente recomendable por su belleza. La lectura de la buena literatura (entendida ésta incluso en un sentido amplio) es uno los placeres sensibles más satisfactorios. La selección de palabras, su combinación, el ritmo, las metáforas… son instrumentos cuasi-mágicos de una de las creaciones artísticas más atractivas. Así, comparar “Guerra y Paz” con su resumen en power point vendría a ser como equiparar los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina con el primer boceto de un niño (reconociendo el valor sentimental que pueda tener éste).

Toda expresión artística nos recuerda que no estamos solos. Que otros crearon o crean lo que siempre quisimos crear, o lo que necesitábamos escuchar, ver o pensar, que sintieron lo que nosotros sentimos… en definitiva, que cuando nos quedamos solos con nosotros mismos no somos tan diferentes al resto. Pero es probablemente con la lectura (incluso más que con la otra gran obra humana, la música) cuando la intimidad y el silencio, y a la vez la comunión con los otros, se hacen más intensos. Cuando todos nos disolvemos por unos instantes en ese Todo (imaginado por numerosos filósofos) del que quizás provengamos y al que quizás, un día, hayamos de volver. En una época de soledades interconectadas, la lectura es, ha sido siempre, la auténtica Red.

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