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AL PASO

Un libro sobre don Luis Díez del Corral

martes 04 de abril de 2017, 20:09h

La tardanza en comenzar el acto no ha sido un mal presagio. Se ha debido retrasar en esta airosa tarde de marzo alguno de los intervinientes; o quizás lo que ha sucedido es que ha habido que cambiar de sala, pues la asistencia no ha sido lo numerosa que la importancia del objeto de la convocatoria merecía y hacía suponer, tratándose de la presentación de un libro sobre don Luis Díez del Corral. Nos reunimos en la noble estancia del antiguo palacio de Godoy, justo a la salida de la imponente escalera, en torno a una larga mesa rectangular, como si , es lo primero que se me ocurre, se celebrase consejo de la Revista de Estudios Políticos bajo la presidencia de Pedro de Vega.

Ha habido, como voy a contar, sorpresas en la sesión, pues no es frecuente que cambien los roles en este tipo de eventos y que quien solo va a oír, se vea en un lance imprevisto a intervenir, provocado por el conductor de ceremonias, en este caso mi querido amigo Benigno Pendás, aunque no sea la primera vez que me suceda. Hace un mes, precisamente en el mismo salón del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales en el desarrollo de un ciclo sobre literatura y política, tras la intervención de Jon Juaristi sobre Paz en la Guerra, también se me solicitó un comentario después de la exposición escuchada. Jon acababa de poner en relación la novela de Unamuno con la literatura fantasiosa del fuerismo, Navarro Villoslada el autor de Amaya y otros autores como Trueba y Araquistain, proponiendo una lectura homérica de la novela: dos perspectivas absolutamente originales de leer el libro, ofrecidas por lo demás con la brillantez sólita en Juaristi. Lo que yo hice es subrayar el trasfondo social de la novela unamuniana, entendiendo la segunda guerra carlista como trasunto del conflicto campo ciudad en el País Vasco del último tercio del XIX. Recordé el primer Unamuno socialista, utilizando la expresión de Pérez de la Dehesa, que de una parte, acuña para la teoría literaria el concepto de la intrahistoria, como poso inmutable del modo de ser de cada pueblo a pesar de los cambios revolucionarios políticos que puedan tener lugar en la superficie. De otro lado, en la producción de la época de nuestro autor, pensando especialmente en sus ensayos sobre el casticismo, Unamuno muestra un interés por el estudio de las formas de vida tradicionales españolas, se trate del derecho o de otras manifestaciones populares, en la línea de Costa o de algunos autores folkloristas, como el padre de los Machado, que después el escritor bilbaíno no va, quien sabe si desgraciadamente, a seguir.

Pero recobro, tras esta digresión, el hilo de lo que quería relatar, que es la presentación del libro sobre don Luis Díez del Corral que se acaba de publicar. Hubo varias cosas singulares en la sesión como decía al principio, que se refieren, para empezar, a la circunstancia del acto, así la asistencia de los familiares de don Luis, a los que representó la historiadora del arte Rosario Díez del Corral, o de quienes podían testimoniar sobre don Luis, como fue su colega el letrado del Consejo de Estado Miguel Herrero, amigos como Amparo García de Enterría, o algunos discípulos directos o indirectos, como hasta cierto punto es mi caso por la mediación de Francisco Rubio, del ilustre académico.

Benigno Pendás llamó la atención sobre la extraordinaria circunstancia de que a pesar de las dificultades de la época, pudiese haberse dado una generación de maestros universitarios de la altura del grupo al que perteneció Díez del Corral. Se trata de gentes de dedicación diferenciada en el terreno académico, pero de altura indiscutible, por lo demás reconocida, como después hice ver yo, en el panorama internacional: una verdadera generación por la coincidencia temporal de sus miembros y además por la estrechez de los propios lazos personales entre ellos, hablemos obviamente del propio Díez del Corral, pero también de J.A. Maravall, E.García de Enterría, M.García Pelayo, L.García Valdeavellano, F. Murillo y N. Ramiro.

La presentación del libro no consistió, como suele ser el caso, en un anticipo de su contenido, sino en un relato de su confección o de los trabajos para su realización, empresa siempre de resultado incierto y, como sucedió en esta ocasión, azaroso, o dependiente de la fortuna. Eduardo Nolla, el director de la tesis, insistió en que dirigir a un joven en su primera investigación consiste fundamentalmente en convencerle, y si no se puede obligarle, a tirar a la papelera páginas y páginas, prescindiendo de lo accidental o superfluo y buscando lo esencial o imprescindible. ¿Qué es lo imprescindible en el caso de Díez del Corral? Debe de tratarse de encontrar lo que siguiendo a Popper es la clave de su sistema, una idea que, como nube, recorra toda su obra y que por tanto no equivale a su diseño como conjunto acabado o solo reloj mecánico.

La autora del libro sobre don Luis, Ana Sánchez-Sierra, con el asentimiento de su hija, contó como durante mucho tiempo repasó los miles de libros de la biblioteca de nuestro autor, acumulando las notas a los márgenes del historiador; tuvo también acceso a las carpetas del maestro, repasando sus fichas, mecanografiadas a partir de sus anotaciones manuscritas por su esposa; comprobó a través de los correspondientes registros los avatares de su carrera: estudios en la Alemania, durante la República, oposición a letrado del Consejo de Estado en el año 35, estancias en el extranjero; revisó su correspondencia con amigos y colegas españoles; apuntó noticias de versiones de sus libros en diversas lenguas, europeas o no. El problema es encontrar una clave que permita abrirse paso en la foresta, hallando quizá la idea esencial o nube a la que el director de la tesis hacía referencia. Nuestra joven historiadora dice haberla encontrado: la idea de libertad en Díez del Corral puede iluminarse significativamente a partir de la lectura que hace el historiador español de la obra de Romano Guardini, sobre cuyos libros hay notas, comentarios y glosas esclarecedoras en el archivo de don Luis.

La verdad es que quedo sorprendido por lo que acabo de oír: un relato que ha trasmitido con singular eficacia lo que es el trabajo de realización de una tesis como búsqueda siempre a ciegas de la arquitectura de un sistema de pensamiento, de una institución o de una figura determinada; y por la novedad de la propuesta de interpretación de la obra de Díez del Corral desde una perspectiva absolutamente imprevista y sorprendente, la del pensamiento del teólogo alemán Romano Guardini.

No digo mucho más cuando, como explicaba, a solicitud de Benigno Pendás, intervengo para evocar los tiempos en que frecuenté la facultad de Políticas, en la que, por los primeros años setenta del pasado siglo, enseñaba el grupo generacional de don Luis Díez del Corral, contrastando esa experiencia universitaria deslumbrante con la de la Universidad de provincias de Valladolid donde acababa de terminar derecho. Miguel Herrero dedicó un recuerdo muy sugerente a don Luis en el Consejo de Estado, aportando un testimonio sobre una faceta del historiador que no suele ser tenida en cuenta, esto es, su condición de eminente jurista. Miguel entró de su mano, tras una oposición brillante, en el Consejo de Estado y, envidiablemente, tuvo ocasión de disfrutar en posición privilegiada, de la amistad y las enseñanzas de nuestro ilustre personaje

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