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TRIBUNA

En el principio era Adenauer

martes 18 de abril de 2017, 20:09h

En el principio era Adenauer. Con esta paráfrasis bíblica Arnulf Baring, no precisamente hagiógrafo del personaje, pone magistralmente de relieve el carácter de Deus ex machina del canciller alemán de cuya muerte se cumplen ahora cincuenta años.

La oscuridad era total. Más de doce millones de alemanes desplazados, un país en ruinas, un tejido industrial y de comunicaciones hecho jirones, racionamientos de supervivencia (o de muerte)…, y, más aún, un pueblo humillado y avergonzado por el horror vivido y provocado en los años anteriores, expulsado de la comunidad de naciones (en los primeros meses se prohibió a las tropas aliadas entablar conversación con los niños alemanes). La nación que había sido un potente faro para la civilización occidental, fábrica de la mejor filosofía y músicas producidas en el último milenio, se hallaba en la UVI de la Historia: la evolución en las primeras horas habría de marcar sus posibilidades vitales.

Adenauer estaba llamado a ser quien, en ese valle de la muerte, portara el candil que habría de alumbrar el futuro de sus compatriotas. Y eso que prima facie las apuestas estaban en su contra. Por su propio carácter ha sido descrito por algunos como el antihéroe, nada dado a la grandilocuencia (o al histrionismo), a diferencia de sus contemporáneos, comparables en estatura histórica, Churchill y De Gaulle. Por otra parte, su edad podía haber jugado en su contra (particularmente en nuestros días en donde todo asomo de senectud es valorado de forma negativa). Algunos podían pensar que el tren había pasado ya para él (de hecho en 1926, rechazó, al no aceptarse sus condiciones, la oferta que se le hizo para ser canciller). Sin embargo, otra serie de factores jugaron en su favor. Su amplia experiencia en la gestión pública (alcalde Colonia durante 16 años), su pasado de oposición al nazismo, y su habilidad política eran méritos a considerar, hasta el punto de que era, prácticamente, el único candidato posible. Así, a sus 73 años Adenauer acude a una cita que ocuparía sus siguientes catorce años. De una salud de hierro, debida, en gran parte, a su sobriedad vital y a la ingesta de plantas medicinales, a pesar de haber sufrido en 1917 un terrible accidente de tráfico (que le daría ese aspecto de “indio de caoba” en palabras de Paul Johnson), se convertiría en el mandatario, seguido por Gladstone, más longevo en el cargo de primer ministro (lo abandonaría con 87 años).

Profundamente católico, viudo por dos veces, el rasgo más destacado de Adenauer fue su inquebrantable determinación sustentada en unas fuertes convicciones que habrían de servirle de guía en las horas más oscuras. La libertad, el valor del individuo son los ejes de su pensamiento, acompañados del sentido de la responsabilidad y del orden como humus imprescindible para la viabilidad de aquéllos. Sin ser un intelectual de la talla de los dos gigantes británico y francés anteriormente citados, Adenauer fue un gran lector, amante de la ciencia de Clío, a la que siempre consideró como maestra de la vida, especialmente de la política (su pasión por Tucídides es testimonio de ello). Pero, en el renano sobresale por encima de todo su sagacidad política, apoyada en un gran conocimiento de la naturaleza humana, con una intuición política como pocas conocidas.

Zahorí político insuperable, Adenauer supo detectar las corrientes subterráneas del devenir histórico, corrientes que en la turbulenta era en que le tocó ejercer el poder se hallaban a gran profundidad. Su prioridad máxima era reflotar y normalizar Alemania en un momento delicado y peligroso para su propia continuidad como ente político, sabiendo incluso sacar provecho de la situación. Su apuesta decidida por la occidentalización definitiva de su país, y su deseo de incorporación sin reservas al bloque atlantista, era una apuesta arriesgada que le valió intensas críticas internas (especialmente del líder del SPD, Schumacher, quien le calificó en el Bundestag de “canciller de los aliados”, lo que, por otra parte, acarreó a este último la suspensión en su escaño durante 21 días). Adenauer consideró siempre tal viraje como garantía esencial frente a la amenaza de una Alemania soviética, y a dicho objetivo subordinó todo lo demás, incluida la tentación de una posible reunificación. Convencido de que la supervivencia con la amputación era mejor opción que una muerte segura por gangrena, adoptada la decisión no se permitió ni permitió nunca mirar atrás. Así, se ataría al mástil cuando en 1952 la “Nota de Stalin” pareció acelerar el tiempo histórico, no cayendo en la sutil trampa tendida por la diplomacia rusa. 1989 le dio con creces la razón.

Europa, y como paso previo la imprescindible la reconciliación con Francia, fue el otro eje de su política exterior. También aquí pisa sobre una sólida convicción: lo mejor de Alemania ha salido de su entendimiento con las Luces de Occidente (siempre desdeñaría el militarismo prusiano, al que achacaría gran parte de los males de su país). Europa como ideal que ha de hacerse realidad, aun cuando para ello su país haya de hacer concesiones importantes. De Gaulle pronto sintonizará con él, y ambos sabrán hacer a sus pueblos elevarse por encima de Beauvais, de Pavía, de Jena, de Sedán, de Verdún, de Dunkerque…

Sus logros en política interna (íntimamente conectados con la exterior) no anduvieron a la zaga. Adenauer, junto con su Ministro Edhard (con el que mantuvo una difícil relación), es el demiurgo del milagro alemán, una de las recuperaciones económicas más sorprendentes de cuantas han sido (en los cincuenta, con un marco instalado entre las monedas fuertes del mundo, el PIB creció un 8%, la producción industrial un 11%, y el paro pasó en 1960 a un 1,3%). El canciller (que ya había presido en 1948 la convención de la que saldría la Ley Fundamental de Bonn) articula el moderno Estado Social, con la garantía de lo que Forsthoff denominara “procura mínima existencial”, aunando al país (incluidos unos sindicatos con los que siempre supo entenderse) en el objetivo común.

Bien puede decirse, por más críticas que pudiera suscitar tal afirmación desde los postulados del determinismo materialista al que siempre se opuso, que Adenauer cambió la Historia. Así, supo hacer entrar a Alemania en la madurez histórica, abandonando definitivamente una adolescencia de ímpetus destructivos, de impulsos que durante más de medio siglo habían hecho temblar al mundo. Su seriedad, su sentido del sacrificio, de la responsabilidad, fueron claves (baste un ejemplo: en 1955, cuando tras duras negociaciones consigue la liberación de los últimos prisioneros de guerra en la URSS, huirá como del diablo de todo populismo). Quizás en todo ello Adenauer puede ser considerado como el reverso del político de nuestros días: siempre pensó en el medio y largo plazo, a pesar de que ello le granjeara en el corto críticas devastadoras. Con la paciencia y la soledad de un jardinero (de hecho, la botánica fue su mayor pasión) Adenauer plantó y mimó (protegiéndola de violentas inclemencias) la delicada orquídea que hoy es el principal país de Europa, esa Europa, en gran parte obra suya, que hoy, más que nunca, vuelve a necesitar de hombres de Estado como él.

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