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TRIBUNA

Nueva política

viernes 09 de junio de 2017, 19:56h

Negar que algo está cambiando en la política occidental sería negar la evidencia. Desde hace unos años asistimos en diferentes países a determinadas modificaciones de los parámetros imperantes durante décadas. Los epítomes de tales cambios han sido las recientes elecciones de dos outsiders al frente de Estados Unidos y Francia.

Detrás de los referidos cambios se encuentran diferentes factores. Desde la fatiga estructural de un sistema cuyos cimientos se colocaron hace dos siglos hasta la modificación de las coordenadas de espacio y tiempo (también políticos) debida a las nuevas tecnologías y, en relación con ello y sobre todo, la globalización. Está por ver si estamos ante un cambio en los sistemas de partidos o, más allá de ello, en los cauces de participación política en las democracias, participación dominada monopolísticamente por el cártel partidista hasta el punto de que Leibholz pudo denominar al Estado contemporáneo como Estado de partidos.

Por lo que respecta a la primera posibilidad apuntada, debe recordarse que históricamente se han sucedido distintas fracturas o cleavages sociales que han incidido en la dinámica del sistema de partidos, provocando la aparición de nuevos y, eventualmente, su sustitución por otros. Así, de acuerdo con la ya clásica clasificación de Rokkan y Lipset cabe distinguir cuatro fracturas principales o contraposiciones entre fuerzas sociales y políticas (que dieron lugar a un sistema de partido en su momento histórico): Iglesia-Estado, campo-ciudad, propietarios de los medios de producción-obreros y centro-periferia. La contraposición entre los dos términos del binomio dio lugar al surgimiento de nuevos partidos políticos para asumir las posiciones de uno de ellos, esto es, la aparición de nuevos desafíos sociales va acompañada (normalmente con algo de retraso) por el desplazamiento de los partidos existentes por otros que reflejan o asumen los nuevos retos planteados. Un caso prototípico que suele citarse como ejemplo es la sucesión de partidos y sistemas en el primer siglo de existencia de Estados Unidos como consecuencia de la aparición de nuevos temas divisorios (poder de los Estados-poder central, abolicionismo-admisión de la esclavitud, proteccionismo-librecambismo…).

En la actualidad bien puede parecer que nos encontramos ante un nuevo cleavage, en este caso, el marcado por la globalización, de tal manera que se contrapondrían aquellos sectores sociales y políticos detractores (o al menos con reservas) del proceso globalizador frente a aquellos partidarios del mismo. El factor divisorio en el momento presente tiene además importantes elementos subjetivos (sin desdeñar los objetivos): más que globalización-antiglobalización, nos encontraríamos ante la contraposición entre aquellos que se consideran ganadores con la misma frente a aquellos que se sienten perdedores en el nuevo proceso. Y esto último, con independencia de que con datos en la mano tal conclusión se corresponda o no con la realidad, en una suerte de reedición de lo que ocurre con la seguridad subjetiva y la objetiva (así la cifra de personas que se consideran víctimas de un delito es mayor de la real). En cualquier caso, es evidente que determinados sectores han perdido mucho en los últimos años, no pudiendo ya hablarse de una amenaza a su posición, sino de un descenso evidente en los niveles de calidad de vida de un importante sector poblacional. Este ha estado detrás de la elección, por ejemplo, de Donald Trump como Presidente de la primera potencia mundial. Así, recientemente un estudio ponía de manifiesto cómo en Estados Unidos existe un importante sector (clave en la elección de aquél) de trabajadores blancos de mediana edad sin formación universitaria completamente desesperanzados ante un proceso (el globalizador) del que sólo le han llegado malas noticias. En este sentido, es muy llamativo que la tasa de suicidios entre los mismos sea mucho más elevada que la de trabajadores inmigrantes de similar nivel, lo cual se explica en buena parte por el hecho de que las posiciones de partida de los primeros eran mucho mejores que las de los segundos. La certeza (podría hablarse de “certeza de la incertidumbre”) de que una generación va a vivir peor que sus padres ha conducido a una malaise vital que se ha trasladado vía urna al ámbito político. De otro lado, fueron también en buena parte los perdedores de la globalización los que inclinaron el resultado del referéndum del Brexit celebrado hace ahora un año, decisión llamada a tener efectos más importantes aun que la elección del primer mandatorio del planeta. La elección de Macron en Francia parece tener claves más singulares, si bien, en líneas generales, puede explicarse también en la línea apuntada, en tanto que se ha erigido, especialmente en la segunda vuelta, como aglutinador de las fuerzas que se oponen a una reversión del impulso globalizador, ante la incapacidad de los partidos tradicionales para plantar cara a estos últimos.

Las consecuencias del proceso descrito son múltiples. En primer lugar, puede destacarse el hecho, ya apuntado, de que las líneas divisorias en términos políticos están modificándose. Ello se explica en gran parte por el consenso básico alcanzado en aspectos antaño protagonistas de la arena política (modelo sanitario, de seguridad social, educativo), a lo que se añade la autocensura ejercida por mor de lo políticamente correcto, así como, de otro lado, por los nuevos desafíos que plantea el mundo actual. Internet es uno de ellos, auténtico far west (en el mejor y en el peor sentido) respecto del que queda mucho por hacer, siendo distintas las posiciones respecto al grado de intensidad con que el poder público ha de aterrizar en el nuevo mundo. Junto a él, la vieja cuestión del librecambismo-proteccionismo, ahora resucitada por aparecer ligada (siempre lo estuvo, pero ahora más claramente, o mejor dicho, con una concienciación mayor) a las condiciones sociales imperantes en los diferentes países. En íntima conexión con lo acabado de señalar el debate sobre la inmigración, su apertura o restricción, su necesaria integración y los modos de alcanzarla y, cómo no, las soluciones para los inevitables conflictos entre culturas en ocasiones muy distintas y en etapas de desarrollo histórico muy diferentes. Gentiles a los que hacer partícipes de los frutos de la buena nueva de la democracia liberal capitalista sin exigencia de “conversión” o enemigos a las puertas, he aquí los dos extremos, con estaciones intermedias aún en construcción. Por otra parte, otra línea divisoria será el modo en el que afrontar el terrorismo global, la nueva guerra librada no ya en el patio de atrás sino en el salón de casa, indiscriminada e imprevisible, así como desconcertante pues el enemigo recluta en algunos casos a conciudadanos. A los temas señalados cabe añadir otras escaramuzas anticipadoras de las batallas que vendrán: impulso o freno a las externalidades negativas de la denominada economía colaborativa (pisos turísticos, alquiler de vehículos con conductor…), nuevas formas de filiación, concepción y gestación, etc… Hay que subrayar que en buena parte de estos temas la constituida por los viejos parámetros de izquierda y derecha no será la brújula más fiable para ubicarse en el debate suscitado, como ha puesto de manifiesto el recientemente surgido en nuestro país a propósito de la maternidad subrogada.

Como consecuencia adicional de la nueva coyuntura puede citarse, además, la considerable volatilidad político-electoral detectada en los últimos tiempos. Aquí, como en la vida diaria, todo parece que sucede muy deprisa. Instituciones o características de las mismas que considerábamos eternas desaparecen como por ensalmo de la noche a la mañana, en muchas ocasiones sin que nos detengamos a analizar sus ventajas o desventajas, sus implicaciones para el conjunto del sistema. Y como en el juego de las torres de palillos hay que tener cuidado con no extraer la pieza maestra que pudiera hacer que todo se derrumbara. Asimismo, la excesiva volatilidad encierra como aspecto negativo la acentuación de uno de los males endémicos que asolan a nuestras democracias desde hace unas décadas: la falta de perspectivas temporales amplias, de políticas a largo plazo que afronten los desafíos reales de nuestras sociedades (que exigen siempre mirar al horizonte), todo ello sucumbido bajo la dictadura del instante, la vigencia de lo efímero ante la necesidad de ganar el hoy sin pensar en mañana. Otro efecto destacable, en parte conectado con lo acabado de señalar, es la constatación de la creciente personalización de la política. Ante las grietas en estructuras antaño consideradas estables y la propia vertiginosidad en la sucesión de actos, el escenario político resulta propicio para el surgimiento de movimientos con fuertes dosis personalistas, en el que las siglas (no sólo en el caso de las nuevas) pierden la relevancia que tuvieran en su día. Por otra parte, cabe la duda de si asistimos al comienzo de un proceso de sustitución de élites, existiendo aspectos que lo corroboran; no obstante, en muchos casos cabría hablar más bien de reemplazo generacional.

La preconizada como fatiga del sistema ha favorecido no solamente la aparición de las semillas de lo que podrían ser en el futuro nuevos sistemas de partidos. Así, en el plano teórico no han faltado quienes han llegado a propugnar que el propio sistema de elecciones sea sustituido o al menos completado con un método que ha tenido plasmaciones históricas: el sorteo para el acceso a determinados cargos públicos. Destaca al respecto el eco obtenido en algunos medios por la obra “Contra las elecciones. ¿Cómo salvar la democracia” (¿posible oxímoron?) del autor belga Van Reydbrouck. Sin desdeñar algunos aspectos acertados de la obra, especialmente en cuanto se refiere al diagnóstico de la situación actual, hoy por hoy no se atisba ninguna alternativa seria al modelo de organización política fruto del proceso de decantación democrática que ha tenido lugar en los tres últimos siglos. Con todo, los desafíos para la mejora de tal sistema son formidables y es necesario afrontarlos.

La crisis económica comenzada en 2007 ha tenido efectos devastadores y su influencia en el ámbito político y, en general, social, ha sido enorme. No ha sido la primera crisis global, pero sí seguramente aquella de la que por vez primera, en tiempo real, se ha tenido una conciencia global. Todos tenemos la sensación de que el viento ha cambiado. La cuestión es si dicho viento nos llevará al Reino del Preste Juan o a las puertas del Hades, tal es la incertidumbre que nos asola

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