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TRIBUNA

Reforma sanitaria en Estados Unidos: retrato de un sistema

jueves 13 de julio de 2017, 20:47h
En estas fechas se tramita en el Senado norteamericano el proyecto de ley de reforma sanitaria (American Health Care Act), promovido por la mayoría republicana en ambas Cámaras y que tiene por objetivo principal derogar y, en su caso, reformar sustancialmente la legislación aprobada durante la administración Obama. El replacement o sustitución del ObamaCare fue uno de los ejes principales del discurso de los candidatos republicanos (entre ellos el del propio presidente Trump) desde el mismo día de la aprobación de la Ley en 2010. Tras una serie de vicisitudes que estuvieron a punto de hacer encallar el proyecto, la sólida mayoría republicana en la Cámara de Representantes permitió su aprobación en mayo de este año. Ni que decir tiene que el proyecto nace rodeado de una fuerte controversia por lo que supone de u-turn respecto a una medida que ha implicado la ampliación de la cobertura sanitaria-asistencial a millones de personas, siendo calificada por sus patrocinadores como piedra angular del sistema de seguridad social norteamericano, en un tímido acercamiento a los niveles de cobertura pública propios de los welfare europeos. Por el contrario, los detractores del ObamaCare esgrimen que el mismo vulnera el principio de libertad contractual ínsito en la tradición norteamericana al establecer seguros obligatorios, insistiendo especialmente en la deficiente e incluso caótica puesta en práctica de la medida.

Pero, al margen de la pugna ideológica y de los efectos del ObamaCare y de su eventual derogación o sustitución, el propósito de estas líneas no es otro sino el de subrayar una serie de extremos del sistema político estadounidense respecto de los cuales la tramitación del Healthcare Act, en particular en el Senado, es muy ilustrativa. En efecto, la referida tramitación es muy reveladora del funcionamiento de la democracia norteamericana y, en especial, en lo que supone de contraste con lo que sucede en otras latitudes, incluido nuestro país.

En primer término, la actual división en el bando republicano en el Senado (y previamente en la Cámara Baja) pone de manifiesto la ausencia de disciplina de partido en el hegemon mundial, al menos con la intensidad con la que se detecta en otras democracias. Si, finalmente, el proyecto puede acabar no viendo la luz no será, de manera principal, por la oposición de la minoría demócrata (que en este caso sí que ha cerrado filas), sino por la falta de apoyo de algunos senadores del partido del elefante. Y aun dentro de los senadores “recalcitrantes” del GOP, grupo por lo demás muy numeroso, los motivos de oposición no dejan de ser, en muchos puntos, antagónicos. Así, el sector más moderado reclama mantener determinadas medidas, especialmente las de ayuda financiera, establecidas en el ObamaCare (por ejemplo, los tratamientos de drogodependientes), mientras que el ala más libertariana (liberal en términos europeos, que no americanos) sostiene que el desmantelamiento de lo que se aprobara en 2010 ha de ser más intenso, sobre todo en lo que respecta a la financiación del sistema con los impuestos de los ciudadanos. Las reuniones y ofertas (suponemos que también amenazas veladas) propiciadas por el líder de la mayoría, Mitch McConnell, a efectos de persuadir a los disidentes, han sido y están siendo constantes. Al respecto cabe subrayar adicionalmente dos datos. Los senadores republicanos que aún deben ser convencidos no esconden sus posiciones y desarrollan una agenda propia, con reuniones con diferentes sectores y organismos y múltiples ruedas de prensa. En segundo lugar, la frenética actividad a puerta cerrada en las conference rooms o en lobbies de hoteles, además de las inevitables aproximaciones indirectas, capitaneada por Mr. McConnell, pone de manifiesto la capital importancia que en el sistema norteamericano tienen los portavoces parlamentarios, acorde, por lo demás, con el diseño de aquél como forma de gobierno presidencialista con estricta (aunque con importantes puntos de conexión) separación de poderes. Es seguramente McConnell quien más se esté jugando en estos días, pues del resultado final dependerá el mantenimiento de su hasta ahora incuestionable autoridad intra et extra muros.

La autonomía de los parlamentarios, y su correlato de laxa disciplina de partido, tiene como uno de sus más claros efectos o causas (según se mire) la importancia de la conexión de representantes y congresistas con sus respectivas circunscripciones electorales. Precisamente la no inclusión del proyecto, frente al plan concebido originariamente, en el orden del día del Pleno del Senado de la última semana de junio tuvo como motivo/explicación el dar un tiempo extra a los senadores (el receso propio de la semana del 4 de julio) para recabar la opinión o tomar el pulso de su electorado “local”.

Las complejas relaciones entre Presidencia y Congreso, incluidos los miembros del partido bajo cuyas siglas fuera candidato el ocupante de la primera, también son un elemento característico del sistema estadounidense con evidente reflejo en el asunto comentado. Así, no han sido infrecuentes los mensajes enviados desde el Despacho Oval a los legisladores para tomar una acción decisiva, todo ello acompañado de reducidas o multitudinarias visitas por parte de los senadores republicanos a la Avenida de Pennsylvania. Y es que, frente a lo que sucediera en el primer siglo de andadura estadounidense, desde hace una centuria (Wilson puede considerarse el primer presidente realmente intervencionista) los ocupantes de la Casa Blanca han pretendido dominar y tener atada la dinámica capitolina, en especial, respecto a los proyectos legislativos identificados como medidas-estrella de la agenda presidencial. Con todo, como lo que ahora está sucediendo probaría, un control completo (como el que se constata en las formas de gobierno parlamentarias), siquiera en algunos casos mínimo, dista mucho de conseguirse. Nadie puede respirar tranquilo más abajo de la Colina hasta que el último voto es emitido, no siendo infrecuentes las sorpresas de última hora.

Desde un punto de vista más estrictamente técnico, la tramitación del proyecto comentado revela también aspectos muy interesantes de la mecánica legislativa en el sistema estadounidense. A poco que un jurista europeo se adentre en los pormenores del procedimiento legislativo al otro lado del Atlántico seguramente lo que más le llamará la atención es la extraordinaria “procesalización” de la dinámica política, y en particular de la legislativa. En efecto, el “juego” parlamentario en el Congreso estadounidense, y sobre todo en el Senado, es de una gran complejidad técnica, con reglas que solo los más avezados, tras años de experiencia, y también de estudio, pueden llegar a dominar. Y en este sentido la tramitación de la Health Care Act no ha sido una excepción. Así, el proyecto ha sido rebautizado añadiendo el sustantivo Reconciliation, lo que alude al procedimiento aplicable a aquellos proyectos cuyos efectos se limitan al ámbito presupuestario, todo ello con el objetivo de eludir el célebre y temido filibusterismo, o lo que es igual, la exigencia de que el proyecto cuente para su aprobación con 60 votos (lo que requeriría del apoyo por parte de al menos ocho senadores demócratas). La aplicación del procedimiento de reconciliación no ha estado exenta de polémica por cuanto que se ha discutido si la misma podía llegar a infringir el tenor de la denominada Byrd Rule (enunciada años atrás por un líder demócrata de la Cámara y adoptada por ésta). Ha sido finalmente el dictamen del parlamentarian, suerte de Letrado Mayor del Senado, lo que ha decidido la cuestión, permitiendo la aplicación del procedimiento siempre y cuando se excluyeran determinados contenidos.

Precisamente, el último extremo señalado pone de relieve otro rasgo típico del día a día en el Capitolio, consecuencia en parte de la procesalización de la dinámica política: el prestigio y la autoritas de los órganos técnicos. El papel de estos es capital, ejerciendo de árbitros que recuerdan las reglas que todos se han dado, siendo sus “decisiones” (estrictamente son asesoramientos) indiscutidas. Así, en el caso de la figura del parlamentarian, cabe recordar que, siendo en sentido propio un órgano de asesoramiento, sólo en dos ocasiones sus consejos han sido desoídos por la presidencia de la Cámara. Otro órgano que debe mencionarse, cuyo rol en el caso que nos ocupa ha sido también muy destacado, es la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO). Dotada de organigrama y medios propios de un ejecutivo, se configura como el organismo de asesoramiento técnico-presupuestario de los miembros del legislativo.

Respecto al proyecto ahora tramitado buena parte del debate político ha girado en torno a sus informes, siendo el último de ellos el que ha provocado el parón referido líneas arriba, al afirmar que en su estado actual el proyecto dejaría sin cobertura a 22 millones personas anteriormente incluidas. En estos momentos las diversas opciones planteadas para solucionar el “estancamiento” se consultan con la CBO. En consonancia con lo apuntado, un rasgo a subrayar (y que puede sorprender en otras latitudes) es el elevado plano técnico del propio debate político que tiene lugar en el Capitolio, destacando el profundo conocimiento del que hacen gala los senadores involucrados (a ello ayuda el hecho de que cada uno cuenta con un staff de al menos 30 personas), sin que ello suponga un menoscabo de la confrontación ideológica, presente también en altas dosis en el Legislativo norteamericano.

Mucho se ha hablado de la disfuncionalidad que implica la conformación actual del sistema político estadounidense, en especial, en lo que respecta a la operativa del Congreso, y particularmente, del Senado. Lentitud, partidismo, bloqueo… son las acusaciones más frecuentes que se hacen al funcionamiento de las Cámaras. Y en buena parte ello responde a la realidad. Pero no hay que olvidar que ese ha sido el punto de equilibrio entre poderes y partidos alcanzado a lo largo del proceso de decantación histórica del sistema sabiamente diseñado por los framers de Filadelfia dos siglos atrás. El sistema tiene problemas, es verdad, pero las ventajas que presenta frente a otros no pueden ser desdeñadas: representación auténtica, desempeño efectivo de la función parlamentaria, búsqueda de obligados consensos para determinadas medidas, seguimiento “obligado” de los dictámenes técnicos, contrapeso eficaz frente a un ejecutivo omnipresente…. son ventajas que, sepultadas por el ruido de lo más llamativo o sensacional, no deben desconocerse.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5652 | Federico Rubio Arias-Paz - 14/07/2017 @ 00:03:45 (GMT+1)
    Nada que objetar ni discrepar del excelente relato del sistema sanitario en USA y del funcionamiento de las cámaras. Es así y punto. En todo caso, dejo constancia de la brillante pluma y rico léxico del autor.

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