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TRIBUNA

Lecturas de estío

domingo 10 de septiembre de 2017, 20:57h

Muchos son los que todavía, en plena era digital, aprovechan el siempre relativo descanso vacacional para deleitarse en el placer de leer. Así, se apuran las horas estivales para adentrarse en los títulos relegados por el frenético ritmo, cuando no el “simple” cansancio provocado por el mismo, del año laboral. Best sellers sabiamente publicitados, relecturas de libros que en su día nos marcaron o sinopsis que sencillamente conectan con nuestro estado de ánimo o inquietudes actuales protagonizan buena parte de las horas más apacibles, de las más “nuestras”.

El propósito de estas líneas no es sino el compartir las lecturas que ocuparon los ya olvidados momentos de quietud estival de quien esto escribe, más como ejercicio de asimilación personal de lo leído que con cualquier otra intención. Baste adelantar que la selección de publicaciones ha sido muy heterogénea y no necesariamente adaptada a las últimas novedades editoriales, huyendo de encasillamientos temáticos o de la dictadura de las modas. La exposición de las mismas responde al orden cronológico de su lectura, lo que sin duda habría de pesar en el “ánimo valorativo” de las obras.

La vida de Jaime I El Conquistador (Historia y Mito de Jaime I, Edhasa) ocupó los primeros días lectores. Publicado en castellano 2009, su autor es un filólogo italiano (Stefano Cingolani) con experiencia docente catalana. El libro, algo tedioso en su planteamiento, al discurrir como exégesis de la autobiografía del monarca aragonés (“El libro de los hechos”), reviste sin embargo gran interés al revisitar asépticamente la figura de un rey que habría de cambiar la historia de la Corona aragonesa y de España, por ende. Cabe citar dos aspectos que quedan de manifiesto en la obra y que conectan el pasado con el presente. De una parte, una vez más se comprueba que el mundo medieval, singularmente a partir del siglo XII, era un universo más global que la idea que estereotipadamente ha flotado desde hace años en el subconsciente histórico colectivo, como por lo demás, mostrara magistralmente Runciman hace décadas en su historia de las Cruzadas o, en relación también con la monarquía catalano-aragonesa, en su relato sobre las Vísperas Sicilianas. Por otro lado, frente a determinadas retrospectivas propagandísticas e incluso pretendidamente científicas, la lectura de la obra evidencia los innegables vínculos entre el floreciente territorio y el resto de reinos peninsulares, siendo constantes las referencias del propio Jaime I a su papel como líder de España (el recuerdo de Las Navas, en donde había luchado su padre, estaba muy reciente).

El mapa y el territorio (Anagrama, 2011), es la penúltima de las obras (anterior a su best seller “Sumisión”) de Michel Houellebecq, en su día enfant terrible de las letras francesas y hoy ya casi con categoría de clásico (¿muy a su pesar?), convertido en el Zola de la postmodernidad. Ciertamente, sus obras son de temática y ambientaciones algo reiterativas (soledad, sexualidad obsesiva, crítica de la sociedad de masas…), si bien el extraordinario manejo del lenguaje se sobrepone a cualquier tara. El título referido presenta, no obstante lo afirmado, aspectos originales como la introducción de determinados rasgos del biopic (la inserción como personaje del propio autor en tercera persona es sin duda uno de los más destacados), detectándose, quizás, la influencia del otro autor con quien desde hace unos años ha debido compartir la primacía en el Parnaso galo, Emmanuel Carrère (quien en modesta opinión puede considerarse ha alcanzado cumbres aún más altas que el primero).

De vuelta al ensayo (no casual, sino parte de una combinación hace años seguida: dos ensayos, una novela), El alma de las naciones (Ed. Antoni Bosch, 2014) no consiguió aplacar todas las expectativas suscitadas por el nombre de su autor, Alain Minc, pensador siempre interesante. Así, si no puede considerarse un especialista en ciencia política, pues a pesar de haber estudiado en la prestigiosa “Po” ha centrado su trayectoria profesional en el mundo empresarial, es quizás precisamente dicho dato lo que explica la originalidad y clarividencia de sus escritos, particularmente en su obra más célebre, “La Nueva Edad Media” (1994), auténtica cuarteta “nostradamusiana” que anticipó en dos décadas el tiempo presente. Conjunto de reflexiones sobre la historia y la geopolítica de las principales naciones occidentales el libro resulta desigual (muy interesantes las referidas a Alemania y Rusia y algo tópicas, en cambio, las relativas a Estados Unidos y Gran Bretaña), no figurando entre los hitos más destacados de la obra del autor (especialmente si se compara con títulos que en los últimos años han proliferado sobre dicha temática, Kissinger a la cabeza). Dos datos cabe citar en relación con nuestro país: Minc sitúa en la vanguardia de la “virtud geopolítica” a Carlos V, no escatimando elogios respecto a su decisión final de dividir los territorios heredados (en cambio, es muy crítico con Luis XIV); por otra parte, el francés no deja de asombrarse ante la capacidad de superación por parte de la España actual de lo que denomina como su fatal sino de declive.

Más reciente en el tiempo, publicada en concreto el pasado año, es la monumental (siquiera por extensión) “biofragía” de los Romanov (Los Romanov, Ed. Crítica) de Sebag Montefiore. Libro en extremo ambicioso y documentado sobre la familia que rigiera los destinos de Rusia durante 300 años, al que sin embargo no cabría calificar como definitivo. Y ello por cuanto que el enfoque se inclina en demasía hacia la vida privada de los zares y su entorno (cabría hablar de virtuosismo “gothesco”, por la amplísima información documentada sobre las conexiones y trayectorias de personajes secundarios), con una desmesurada atención a los detalles más escabrosos (pormenores de la vida sexual incluidos). Y sin que ello deba ser necesariamente un demérito, se echa en falta en cambio una explicación contextualizada de las decisiones de los zares, cuyos reinados se relatan en exceso aislados de las principales fuerzas económicas y sociales de sus épocas, cuando no de las claves y avatares de la política internacional (en este sentido, cabría recordar cómo la biografía de los Habsburgo de Jean Bérenger, escrita hace casi tres décadas, encuentra un más logrado punto de equilibrio). Con todo, las más de 500 páginas dedicadas a los zares del XIX (“los Alejandros y Nicolases”) bien pueden ser calificadas como brillantes, especialmente en lo que respecta a la descripción de los muy variados perfiles psicológicos de cada uno de ellos, y, en especial, la lucha personal de los mismos por acomodar las dos partes de su “alma” (que no son otras que las de la propia nación rusa): la oriental (la “más rusa”) y la europea. De otra parte, el pulso narrativo de la obra es otro de sus más logrados aciertos.

Por último, otra novela ocuparía las postreras horas del fin de la “estación”, obra cuya selección no fue premeditada pues se hallaba físicamente junto a otro de los libros aquí referidos. Se trata de la obra Ciudad Abierta, del novelista nigeriano Teju Cole, publicada por una editorial (Acantilado, 2013) que desde hace unos años es sinónimo de calidad en la cosecha de autores y en la propia edición (traducción destacadamente incluida). El libro constituye una agradable sorpresa, pues la visión de Nueva York (así como de un país tan complejo como Bélgica, epítome en gran medida de la propia Europa) de un emigrante del Continente Negro es sin duda un soplo de aire fresco, con un enfoque muy original en ciertos aspectos. La obra sobresale especialmente por el elegante manejo de estructuras y palabras así como por una percutiente profundidad y lirismo exentos de cualquier atisbo de presunción o pedantería En este sentido, la descripción de la luz neoyorkina o de la soledad acompañada de las grandes ciudades pueden citarse como ámbitos en donde la pluma del autor alcanza mayores cotas. El único “pero” a reseñar viene dado por determinadas observaciones de tipo político que, al margen de que pueda o no estarse de acuerdo con ellas, son insertadas de manera muy forzada en el hilo argumental.

Cinco obras muy distintas y todos ellas “remuneratorias”, como sucede con todos (o casi) los libros. El lector también habrá podido ensanchar su alma con otros títulos, escogidos en función de sus preferencias o estados de ánimo. Entre tanta conversación intrascendente o, lo que es peor, pretendidamente trascendente, en la que los decibelios, emocionales y/o sonoros, parecen ser lo más importante, el encuentro íntimo y a la vez público con los creadores de historias y con la comunidad de lectores es sin duda uno de los frutos más provechosos que pueden obtenerse de un verano que se va.

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