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TRIBUNA

Alemania busca gobierno

lunes 09 de octubre de 2017, 20:12h

El pasado 24 de septiembre más de 61 millones de alemanes fueron llamados a elegir a sus representantes en el Bundestag e, indirectamente, al próximo canciller del país. Como es sabido, el sistema electoral germano es uno de los más peculiares del mundo (imitado por otros países como Italia), siendo definido como de elección proporcional parcialmente personalizada. En efecto, como es sabido, el elector dispone de dos papeletas, una para elegir al candidato de su distrito por una fórmula mayoritaria pura (el “first past the post” británico) y otra lista plurinominal a nivel de Land, repartiéndose los escaños de este nivel mediante una fórmula proporcional (Sainte Lagüe). El sistema es, pues, una particular combinación de los dos grandes sistemas electorales con el propósito de corregir los efectos más perniciosos de ambos (votos ignorados, en el caso del mayoritario, y desconexión elector-candidato en el proporcional), si bien ello no se consigue de manera plena (así, por ejemplo, baste tener en cuenta que un mismo candidato puede formar parte de ambas listas), a lo que debe añadirse la singularidad que supone la asignación de escaños adicionales para lograr la proporcionalidad exacta en la Cámara, lo que provoca en ocasiones el aumento elefantiásico en la propia dimensión de la misma, tal y como sucederá a raíz de los recientes comicios (se pasará de 630 escaños a 709).

El resultado de la elección es de sobra conocido. La CDU-CSU sigue siendo el partido mayoritario, aunque ha bajado 8 puntos, descenso también experimentado por el SPD, menor en puntos (5%), pero mayor en términos históricos (su peor resultado desde 1949). Los Liberales del FDP vuelven a entrar en el Parlamento del que habían quedado fuera en la pasada elección al no haber superado la temida cláusula de barrera del 5% del total de votos en cómputo nacional, mientras que la Izquierda y los Verdes mantienen posiciones similares (ambos han subido ligeramente) a las de hace cuatros años. Pero, sin duda, la principal novedad, ya veremos si auténtica revolución en la política alemana, es la irrupción con 94 escaños (más del 12% de los votos) de la AfD, partido de nuevo cuño situado en el margen del espectro político. Calificado de partido de extrema derecha, el nuevo actor se inserta más bien en la corriente de los movimientos populistas en auge desde última la crisis económica (2008-…?), como demostraría el hecho de que se ha nutrido de exvotantes de todas las formaciones tradicionales (tanto de derecha como de izquierda, en similar proporción). Su presencia en el Bundestag condicionará, y mucho, lo que suceda en la política alemana de los próximos años.

A partir de los comicios se ha abierto el proceso de formación de gobierno, o mejor dicho, de designación de canciller, regulado en el artículo 63 de la Ley Fundamental de Bonn. En virtud del mismo, se articulan hasta tres “intentos” de elección del canciller. En primer término, sin plazo alguno desde la elección, es el Presidente Federal quien propone un candidato a la Cámara, el cual resultará elegido (sin debate, lo cual no deja de ser llamativo) si obtiene mayoría absoluta. En caso contrario, en el plazo de catorce días desde la votación señalada, es el propio Bundestag quien “se propone” un candidato, debiendo contar igualmente con mayoría absoluta. Si el candidato no la alcanza, se procede, con carácter inmediato, a otra votación siendo elegido quien obtenga mayoría simple, si bien en este supuesto en los siete días posteriores el Presidente Federal puede nombrarlo canciller o proceder a la disolución de la Cámara. Como se desprende de la lectura del precepto señalado, así como de otros muchos de la Norma Suprema, el sistema constitucional germano tiene auténtico horror a los gobiernos en minoría, especialmente por lo que la debilidad de su posición implica en términos de inestabilidad política. En ello ha pesado, sin duda, el recuerdo de la experiencia de Weimar, con gobiernos en minoría acosados por una oposición parlamentaria formada por partidos de ideologías antagónicas concertados en una unidad de acción meramente destructiva, lo que provocara la caída de numerosos gabinetes. La prevención frente a la posible reedición de situaciones pasadas explica otras regulaciones contenidas en la Ley Fundamental, destacando al respecto la configuración de la moción de censura como constructiva (con exigencia de candidato alternativo).

La aritmética parlamentaria resultante del 24 de septiembre hace que el camino ahora abierto no sea de fácil recorrido. El rechazo del SPD a repetir la gran coalición prácticamente aboca como única solución posible a la conocida como coalición Jamaica, es decir, la alianza entre CDU-CSU, liberales y verdes, coalición heterogénea con precedente actual en el Parlamento de Slewing-Holstein (y hace unos años en el Sarre). Liberales y verdes exigirán las correspondientes concesiones programáticas: en el primer caso, no subida de impuestos y abandono de cualquier atisbo de creación de una autoridad fiscal-financiera europea (eurobonos incluidos); por lo que respecta a los verdes, la profundización en el despliegue de energías renovables y un compromiso “tangible” para el fin del carbón. El principal escollo puede proceder de la poderosa CSU, aun sobrecogida por la amenaza electoral del AfD, lo que posiblemente provoque un endurecimiento de las tradicionales posiciones de la formación bávara (máxime con el horizonte en 2018 de elecciones en su “región” de origen) lo que podría chocar con las líneas rojas de liberales y verdes (destacando la cuestión de la inmigración). En cualquier caso, el observador español debe tener en cuenta que, frente a experiencias recientes en nuestro país, en el sistema alemán, por mor de la pesadilla histórica pórtico de la consecución del poder por el nacionalsocialismo, existe un alto grado de responsabilidad y compromiso por parte de las fuerzas políticas de cara a facilitar la formación de gobiernos dotados de un mínima estabilidad (de tal modo que el propio electorado castigaría a aquellos partidos que miraran para otra parte). Otro rasgo germano, que contrasta con lo que sucede en otras latitudes, es la absoluta transparencia del proceso negociador y de los acuerdos alcanzados, por lo demás exhaustivos hasta el extremo.

No obstante lo acabado de señalar, los intereses electorales tampoco están del todo ausentes en el proceso germano de formación de gobierno, como evidencia el hecho de que las conversaciones oficiales ni siquiera comenzarán (al menos de manera pública) hasta que el próximo día 15 se celebren elecciones en el Land de Baja Sajonia. El proceso de negociaciones se espera que supere en duración al de la formación de la gran coalición en 2013, que se extendió 87 días. Se trata ahora de una negociación a tres bandas (o a cuatro si incluimos la CSU), con el factor AfD actuando simultáneamente como catalizador del acuerdo y como adversario al que se mira de reojo y cuyo electorado se desea recuperar (o al menos no incrementar la pérdida de votos en su favor). Así las cosas, los analistas señalan que es posible que llegada la Navidad aun no haya gobierno en Alemania.

El desenlace de todo ello dista de poder ser minusvalorado. Lo que suceda en Alemania habrá de tener una influencia decisiva, en particular en el proceso de construcción europea y en sus posibles avances o retrocesos. Alemania europea o Europa alemana, por rememorar la célebre reflexión de Thomas Mann en 1953, revisitada por Beck en su última obra. Tales son los términos que resumen las posibilidades en el futuro inmediato. El Brexit supone una transformación geopolítica con evidente repercusión en el papel a desempeñar por Alemania en una Europa cuyo eje de poder se desplazará (de hecho se ha desplazado ya) muchos kilómetros al este. Y ello en un contexto de extrema volatilidad electoral en los países del Viejo Continente, con la arribada de nuevos actores adalides del revisionismo en extremos hasta hace poco considerados poco más o menos que eternos; con una Unión que no ha dejado de perder impulso e incluso “moral” en los últimos años; y con una Rusia con respecto a la que aún no se ha levantado el velo permitiendo contemplar con claridad por cuál de las dos líneas históricas (contención o alianza) se inclinará el nuevo Berlín: si actuará como valladar protector de la “nueva Europa” recelosa de las intenciones de su vecino oriental (como sucediera con la crisis de Ucrania) o si tenderá lazos con Moscú reeditando viejas alianzas (caso del Nord Stream 2, proyecto de gasoducto que ha suscitado la protesta de las cancillerías al este del Oder pues permitiría a los rusos cortar el suministro a sus antiguos satélites sin afectar a Alemania).

Hay momentos en los que el tiempo histórico parece acelerarse vertiginosamente, en los que unos pocos años ocupan páginas del libro de Clío cuando las anteriores habían sido escritas con la década como unidad de medida. Todo indica que nos hallamos en uno de esos instantes o, al menos, en puertas de importantes cambios en el rostro de una incipientemente avejentada Europa, cuya fisonomía final todavía desconocemos. De cómo actúe Alemania dependerá en gran parte el resultado final.

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