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TRIBUNA

Dallas: 2.800 documentos después

lunes 06 de noviembre de 2017, 20:29h

Como es sabido, el pasado 26 de octubre el Presidente Trump, en cumplimiento de una Ley aprobada por el Congreso en 1992 (President JFK Assassination Records Collection Act), ordenó la desclasificación de 2.800 documentos relacionados con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Otros 300 archivos serán examinados en los próximos seis meses de cara a decidir si finalmente se hacen públicos y en qué forma, ante las peticiones del FBI y la CIA ya que, según las propias agencias, la publicidad de los mismos podrían afectar a la seguridad nacional o a las relaciones con otros países. Enseguida, se han vuelto a disparar todas las teorías que desde el 22 de noviembre de 1963 han querido ver en el magnicidio de Dallas el fruto de una conspiración.

Desde que se hiciera pública la versión oficial del “tirador solitario”, por la que un desequilibrado ex marine, con veleidades comunistas, Lee Harvey Oswald, mató al trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, la misma no ha dejado de suscitar controversia: las idas y venidas del asesino en las semanas previas, la bala mágica, su propia muerte a manos de un personaje como Ruby… son datos que bien podrían conformar el mejor guion de una novela de espías en donde nada es lo que parece. Y, ciertamente, existen puntos no del todo claros y que, seguramente, nunca serán precisados. Pero de ahí a la conformación de unos Protocolos de Sión, versión Complejo Militar Industrial, dista un largo camino.

Soviéticos, cubanos (castristas o anticastristas, estos últimos en venganza por Bahía de Cochinos), mafia, industria militar… hasta el propio vicepresidente Johnson han sido los señalados por las diferentes versiones que en los más de cincuenta años transcurridos se han levantado ante lo inexplicable. Baste recordar que en muchas de dichas teorías se incluyen simultáneamente a los actores referidos, a pesar de que sus modus operandi y, sobre todo, sus objetivos habrían sido incompatibles, melange esta que más bien puede ser un signo de la inconsistencia del pastel ofrecido. Incluso muchos de los móviles individualmente considerados no se corresponden con el perfil de los pretendidos actores y, especialmente, con la actuación política del malogrado Presidente. Así, por ejemplo, cuando se ubica al Complejo Militar Industrial detrás de las cortinas, parece olvidarse que, a pesar de cierta imagen que ha perdurado en el subconsciente popular posterior (no en el coetáneo), Kennedy distó mucho de ser un presidente pacifista (sí amante de la paz). Bahía de Cochinos, Berlín, crisis de los misiles de Cuba, y, pese a lo que a veces se afirma, el mismo Vietnam (con él se da un paso cualitativo, prácticamente un punto de no retorno, en el “asesoramiento” estadounidense a la antigua Indochina) desmienten la tesis señalada. Por seguir con el ejercicio propuesto, el colmo del “conspiracionismo” viene dado por la atribución del papel de Ricardo III a quien fuera sucesor del bostoniano. Esta versión aparece generalmente unida a la anterior: Johnson, el conservador tejano, decide apostar fuerte en Vietnam satisfaciendo así la sed del “Complejo”, el cual le ofrece el trono en bandeja. La misma olvida el carácter de Johnson: jugador fuerte, como demostrara en sus años en el Senado, su rectitud está, sin embargo, fuera de toda duda. Además, la presidencia de Johnson no supuso, ni mucho menos, un golpe de timón o involución en relación con la de su predecesor. Es más, resulta innegable que el propio magnicidio facilitó la posterior aprobación de las medidas progresistas que Kennedy había pergeñado, en especial en materia de derechos civiles, a las que habría de sumarse la no desdeñable creación por el tejano de los programas de asistencia social Medicaid y Medicare, puntales de la denominada Gran Sociedad.

Entonces, cabría preguntarse por qué las cuitas con respecto a los últimos 300 documentos aún no hechos públicos. Debe recordarse que el asesinato de Kennedy es, ante todo, un fracaso de los servicios de inteligencia y seguridad estadounidenses. Incluso, yendo más allá, podría sospecharse que Oswald pudo en ser en determinado momento un doble agente que se fue de las manos. Por otra parte, el asesinato de Kennedy se produjo en un contexto de lucha brutal soterrada (en cuanto desconocida para el gran público) entre los dos mayores poderes que la historia ha conocido, por lo que cabría presumir que los métodos empleados no fueran aceptables desde una perspectiva democrática, incluso moral. En relación con ello, hoy por hoy se tiene por cierto que la CIA intentó en diversas ocasiones asesinar (por orden o con conocimiento, si es que hay alguna diferencia) a quien fuera el gran quebradero de cabeza de los hermanos Kennedy, Fidel Castro (llegándosele a regalar un traje de buzo rociado con una mortal toxina). El conocimiento del contexto en el que se produjo el magnicidio de Dallas transcurrido más de medio siglo, y desaparecido por tanto cualquier vestigio de estado de necesidad que pudiera jugar como pretendida causa de justificación de algunas actuaciones, podría desatar una campaña de desprestigio y acoso para unas Agencias cuya reputación ya ha sufrido bastante en los últimos años (11 de septiembre a la cabeza). De ahí que las mismas hayan presionado con el fin de que se les otorgue una última oportunidad, quién sabe si para ir preparando a una opinión pública (comunidad virtual, en especial) ante la revelación de determinadas actuaciones inconfesables.

Con todo, como señalan hoy la mayoría de analistas, los papeles revelados y los que se hagan públicos en los próximos meses, poca luz añadirán a lo que se sabe hoy de los sucesos de Dallas. En relación con ello, ha de subrayarse que, a diferencia de lo ocurrido o de lo que ocurriría en un caso semejante en otros países, Estados Unidos no renunció nunca a conocer la verdad completa. Un procedimiento judicial y, sobre todo, dos comisiones parlamentarias, la Comisión Warren (presidida por el ex Presidente de la Corte Suprema) y la creada en 1976, han indagado con profusión sobre el camino al 22 de noviembre de 1963. Pocos países hubieran estado dispuestos a llegar tan lejos…

El asesinato de John F. Kennedy supuso una auténtica conmoción para los norteamericanos y, en general, para el mundo (libre o no). Se ha dicho que supuso el fin de la inocencia del pueblo estadounidense. Ello es así en parte: América ya había visto morir asesinados a tres presidentes, incluido otro que en el imaginario colectivo supera incluso al bostoniano, Lincoln. A ello debe añadirse que tras el asesinato de la plaza Dealey la figura presidencial continuó incólume en la devoción norteamericana, siquiera acrecentada, siendo elevado Kennedy a la categoría de mito. En este aspecto, fue el Watergate el verdadero despertar del sueño americano. Con todo, el magnicidio de Dallas supuso el fin de la fase REM en la que, por un momento, los norteamericanos creyeron que todo era posible. E inauguró, por otra parte, una década de convulsiones y, también, de violencia asesina, de la que fueron mártires añadidos el propio hermano del Presidente (cuya muerte también ofrece puntos flacos, como ilustrara hace unos años David Talbot en una interesante obra) y otra figura semidivina (por muchos motivos) como es la de Martin Luther King. Cien años después del terrible conflicto fratricida, la tierra de Washington y Lincoln sería sometida de nuevo a una dura prueba en la que era mucho lo que había en juego. Con errores, pero también con aciertos, el sistema prevaleció finalmente. “El árbol de la libertad debe ser vigorizado de cuando en cuando con la sangre de patriotas y tiranos” escribió el tercer presidente de la Unión, Thomas Jefferson. El 22 de noviembre de 1963 ese árbol fue de nuevo regado con la sangre de quien tanto hiciera por la libertad de sus compatriotas, en especial por la de la minoría negra: en una época en la que la denominada postverdad parece haberse colado incluso en los libros de Historia, esa es la única verdad, la más importante en cualquier caso.

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