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TRIBUNA

Estados Unidos, sube la apuesta

miércoles 22 de noviembre de 2017, 20:24h

El pasado día 16 la Cámara de Representantes estadounidense aprobó por 227 votos a favor frente a 205 en contra el conocido como Tax Reform Bill (su denominación precisa es Tax Cuts and Jobs Act). El proyecto, que supone la más amplia reforma del Código Fiscal Federal (Internal Revenue Code) desde su aprobación en 1986, articula la mayor reducción de impuestos de los últimos años (considerablemente mayor que las aprobadas en 2001 y 2003 bajo el mandato de Bush hijo). Por lo que respecta a su contenido concreto, cabe destacar en primer término, que en el mismo se establece una importante reducción del impuesto a las corporaciones, que pasa del 35% al 20%. Asimismo, se simplifican los tramos impositivos reduciendo en general la cuota a pagar en cada uno de ellos. De forma adicional, la reforma refunde las múltiples deducciones particulares establecidas anteriormente por el Código, eliminando algunas de ellas.

La Ley es la concreción de una de las medidas estelares de la agenda republicana y presidencial, en línea con el clásico postulado conservador de que las rebajas fiscales conllevan una dinamización de la economía y que (dicho en términos simples) el dinero donde mejor está es en los bolsillos del ciudadano. Por su parte, los demócratas centran sus críticas en el hecho de que se eliminen o reduzcan muchas deducciones fiscales, en particular, aquellas vinculadas a programas sociales y las estatales y municipales relacionadas con la vivienda (conocidas estas últimas con el gráfico acrónimo de SALT), alegando, igualmente, que las rebajas serán mayores proporcionalmente para los tramos más altos de las escala (citándose el informe del Joint Committee on Taxation del Congreso que señala que a medio plazo, en determinados casos, las rentas medias pagarán más).

El proyecto debe ser aprobado ahora por el Senado. La Cámara Alta, en contraste (positivo) con lo que sucede en otros países (entre ellos el nuestro), lleva ya semanas trabajando en su propio proyecto que ahora tratará de “ensamblar” con el procedente de la Cámara de Representantes. El texto aprobado por la Comisión de Finanzas del Senado el 16 de noviembre difiere del aprobado ese día por aquélla en que suprime por completo las deducciones estatales y locales por vivienda, retrasa la rebaja del impuesto a las sociedades hasta 2019 y, lo que desde el punto de vista político es aún más importante, elimina determinados aspectos del ObamaCare (en concreto, el llamado mandato individual) y fija una fecha tope de vigencia de los recortes fiscales a aprobar, el año 2026. Esta última medida tiene como explicación el permitir la tramitación del proyecto en el Senado mediante el procedimiento denominado “Reconciliation”, con el fin de posibilitar su aprobación por mayoría simple y no por 60 votos como sucede en los calificados como procedimientos ordinarios (por mor del filibusterismo). Así, como consecuencia de la llamada Byrd Rule la aplicación del “reconciliation” tiene como uno de sus requisitos el que la medida no suponga un aumento del déficit durante más de 10 años.

Las especialidades procedimentales, amén de la más estrecha mayoría republicana en el Senado, auguran una trepidante tramitación en el mismo, una vez sus señorías vuelvan del receso parlamentario de Acción de Gracias. Si, como ha sucedido en la Cámara de Representantes (frente a 13 republicanos que rompieron la disciplina de voto, entre ellos, el Presidente de la Comisión de Ingresos), la oposición demócrata vota en bloque en contra del proyecto los republicanos sólo podrían permitirse una deserción si quieren sacar adelante la medida. La unidad en el bloque senatorial del partido de elefante no está ni muchos menos garantizada. Por una parte, diversos senadores de Estados en donde el precio de la vivienda es muy elevado (en particular, California, Nueva York y Nueva Jersey, muchos de cuyos representantes ya votaron en contra en la “Casa”) han anunciado su oposición a la eliminación de las deducciones estatales y locales. De otro lado, los halcones del déficit y los libertarianos (una vez más, Rand Paul) se oponen, por razones antagónicas, a la redacción actual del proyecto (a los señalados habría que sumar caso particulares, como el de la senadora Murkoswki, quien utilizará la tramitación para negociar la inclusión de una disposición en relación con las prospecciones en su Estado de Alaska). Así, pues, una larga andadura, “bill bargaining” incluido, espera al proyecto en el Senado. Si a lo señalado se suma que el resultado senatorial será casi con toda seguridad distinto al texto remitido por la Cámara, lo que obligará a la entrada en escena de una conferencia mixta bicameral que presentaría una propuesta definitiva a ambos Plenos, no es nada seguro que, como es deseo de la Casa Blanca, el proyecto pueda estar en el escritorio del Presidente para su firma antes de Navidad.

Y, como resulta inevitable en las democracias contemporáneas, por encima de todo ello flota la cita con las urnas de dentro de un año, las denominadas mid-term, en las que se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Así, frente al ambiente de pesimismo que recorría las filas demócratas hace apenas unos meses, las victorias del partido del burro en la mayoría de los comicios celebrados semanas atrás han insuflado de renovado optimismo a los perdedores de hace un año. Hasta el punto de que en los cuarteles del Comité Nacional Demócrata se asegura que ahora es posible (con un 60% de las probabilidades, según un alto cargo del mismo) un vuelco en las mayorías de la Cámara Baja, por vez primera desde 2012. Buena parte de la estrategia demócrata pasa por recuperar los apoyos tradicionales del Viejo Sur perdidos hace décadas, alentada por los buenos resultados obtenidos allí en las recientes elecciones de comienzos de noviembre. A ello se acompaña las últimas cifras de recaudación de sus candidatos nacionales (sobrepasan las de sus contrincantes) así como el hecho de que lideren las encuestas de valoración partidista por 12 puntos (recordándose que en víspera del “asalto” demócrata a las Cámaras en 2006 la ventaja en las mismas era sólo de 7 puntos).

Frente al optimismo demócrata, los republicanos sostienen que el mismo es injustificado. Así, se señala que de los dos puestos de gobernador recién obtenidos, uno de ellos (el de Virginia) ya era demócrata (y el de Nueva Jersey estaba ocupado por un “blue republican” como Chris Christie) y que los otros triunfos son estrictamente locales (Cámaras estatales y condados). De otra parte, en relación con el Senado, se recuerda que el próximo año se renovarán los 33 escaños pertenecientes a la Clase I, de los cuales 23 son actualmente ocupados por demócratas, a los que habría que sumar 2 independientes. En una palabra, los que más tienen que perder (pues defienden un considerable número mayor de escaños) son los demócratas (frente a 8 republicanos).

Los republicanos han situado la aprobación de la reforma fiscal como eje central en su camino al próximo 6 de noviembre. Tras el fracaso de la tramitación de la derogación de la Reforma Sanitaria de Obama, algunos ven en aquélla la última oportunidad para cobrar impulso. Los demócratas por su parte tratarán de explotar la supuesta impopularidad de Trump, si bien, como han reconocido, no será suficiente. Lo cierto es que el sentido de la influencia del actual ocupante del Despacho Oval en el resultado de las mid-term está lejos de disiparse si se tiene en cuenta lo ocurrido hace un año. Si bien su agenda política no ha sido todo lo revolucionaria que sus detractores y algunos de sus partidarios esperaban, es innegable que se trata de un Presidente atípico, por lo que cualquier predicción resulta, de entrada, aventurada. En cualquier caso, el panorama político anda revuelto (alguno podría aducir que cuándo no): una investigación en curso de un Fiscal especial en relación con el Presidente y su entorno por su presunto entendimiento electoral con la potencia antagonista del pasado; un partido demócrata en el que algunos ya están cogiendo posiciones de cara a 2020 con las tensiones internas, todavía silenciosas, que ello produce; un candidato republicano a senador por Alabama (nominado en primarias contra el criterio del establishment, incluido el propio Presidente) denunciado por acoso sexual, cuya no elección el 12 de diciembre podría alterar el equilibrio en la Cámara; otro senador, en este caso demócrata, sometido a acusaciones semejantes … Y a ello debe añadirse el más que insistente rumor de que el juez Kennedy (“swing vote” en la Corte Suprema) anunciará muy pronto su abandono del más alto tribunal de la Nación, correspondiendo entonces a Trump nominar un candidato que inclinaría (quién sabe por cuánto tiempo) definitivamente la balanza en sentido netamente conservador.

Se habla mucho de la denominada “postverdad”. Más bien en la política norteamericana de nuestros días cabría hablar de “postcerteza”, pues los conceptos y premisas que la ciencia y la sociología políticas habían manejado desde los 50 han dejado ser fiables debido a la volatilidad e imprevisibilidad actuales. De momento, lo único seguro es que hoy se cena pavo.

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