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TRIBUNA

Asomándonos al año nuevo

viernes 05 de enero de 2018, 20:40h

Cuando el almanaque de Clío acaba de pasar página es hora de hacer análisis de la hoja arrancada y de vislumbrar lo que pueden deparar los próximos 365 días.

La economía mundial ha crecido a buen ritmo en 2017, alcanzando un 3,5%, siendo optimistas las previsiones para 2018 al estimarse un crecimiento de un 3,7%. Los economistas señalan que la fase de bonanza durará al menos hasta 2020, siendo muchas las “oportunidades de negocio” a lo largo del planeta. Con todo, esta fase expansiva del ciclo económico no puede hacer olvidar todo lo que se perdió (¿para no volver?) en la crisis comenzada en 2008 (así, se ha llegado a calcular que el hogar medio americano ha visto disminuida su renta disponible en más de un 20%). Si las noticias de la prensa salmón no deben sino despejar los augurios más pesimistas formulados en las horas más oscuras del cataclismo económico, sin embargo subsisten determinadas “debilidades” con consecuencias dramáticas en las vidas de muchas personas: estancamiento de los salarios y niveles altos de desempleo en numerosos países son algunas de las más destacadas.

Por zonas han de destacarse los buenos datos arrojados por la economía de la principal potencia planetaria. Así, Estados Unidos ha crecido en 2017 a un 2,1%, previéndose un aumento del 2,4% en el año iniciado. A ello debe añadirse el dato del desempleo, que ha descendido hasta alcanzar niveles de 2001, pudiéndose hablar prácticamente de pleno empleo técnico. La eurozona ha experimentado un crecimiento idéntico al norteamericano, si bien en 2018 se espera un descenso hasta el 1,9%, con el Brexit y la incertidumbre alemana como nubes en el horizonte. Como buena noticia también ha de subrayarse la recuperación de las economías de Rusia y Japón. En el contexto asiático India aparece como la nación que liderará el crecimiento con cifras ante las que palidecen las anteriores (6,7% en 2017 y 7,2 en 2018), acompañada por una China (6,2% y 6,6% en los dos años, respectivamente) que parece haber remontado la inercia “ralentizadora” de los últimos años, aunque enfrentada a importantes desafíos de futuro (estabilidad del sistema bancario, amenaza de crisis de su mercado inmobiliario…). El ámbito iberoamericano también arroja luces frente a las sombras pasadas. Brasil comienza a salir de la recesión, lo que será sin duda un importante estímulo en la región, mientras que países como Colombia y, sobre todo, Bolivia alcanzan cifras muy estimables de crecimiento. Incluso África se acercará (aunque todavía muy lejos) a la mesa de los países desarrollados, invirtiendo la tendencia de los últimos años. A este respecto, baste señalar que el país del mundo que experimentará mayor crecimiento será Libia, con un 31% (a lo que hay que sumar el 51% logrado en 2017).

En el plano político la gran noticia de 2017 ha sido sin duda el fenómeno Macron y, derivado del mismo, el vendaval que ha arrasado los cimientos partidistas erigidos con la V República. Se trata este de un suceso de enorme importancia, cuyas últimas implicaciones no somos aun capaces de vislumbrar. La “nueva política” consecuencia de la crisis tiene en el dirigente francés de 40 años a su epítome, si bien el año recién acabado ha supuesto en alguna medida una desaceleración en el proceso de sustitución de élites y de cuestionamientos de modelos observados en los anteriores. Las reelecciones de May, Abe y Merkel pueden citarse como ejemplos de lo apuntado, si bien determinados aspectos de las mismas pueden considerarse novedosos: así, la reválida de la premier británica aparece oscurecida por las fuertes tensiones en los torys, mientras que la de la canciller alemana se ensombrece por el fantasma de la ingobernabilidad y por el ascenso de la AfD como tercera fuerza en el Bundestag. Por otra parte, los comicios celebrados confirman el indudable giro conservador que como respuesta a la crisis se ha producido en el mundo occidental (fenómeno que, por otra parte, requeriría de una seria reflexión por parte de la izquierda).

Por lo demás, 2018 está plagado de importantes citas con las urnas. El 4 de marzo Italia está llamada a elegir sus Cámaras bajo un nuevo sistema electoral (el denominado Rosatellum bis) que en principio habría de favorecer la gobernabilidad en un país que en los últimos cinco años ha vuelto a las andadas de la inestabilidad con tres gobiernos. Por dichas fechas Rusia elegirá también a su máximo mandatario. Pocas sorpresas se atisban en un sistema que hace tiempo que parece haber sacrificado la competición democrática por la estabilidad interna y la recuperación de la gloria perdida. Más trascendentales se atisban las elecciones de medio mandato (mid-term) a celebrar en noviembre en Estados Unidos, por las que se renueva totalmente la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. La agenda política de Trump, inicialmente más efectista que efectiva, parece haber arrancado ya con la aprobación hace unas semanas de una reforma fiscal que se pretende eje del crecimiento norteamericano en los próximos años. Habrá que ver si en los siguientes meses se concretan otras de las medidas incluidas en el programa presidencial o si las referidas elecciones suponen la apertura de un período de parálisis política con una nueva mayoría en la Cámara Baja (muy improbable cualquier vuelco en la Alta) que conlleve, además, un recrudecimiento en los ataques a un Presidente sobre quien ha sobrevolado la amenaza de impeachment desde el día de su elección y, en especial, desde la designación del fiscal especial Mueller (sometido a fuertes presiones por uno y otro bando).

Al elenco señalado se suman las diferentes elecciones presidenciales que en el año comenzado tendrán lugar en importantes países de Iberoamérica: Méjico, Brasil y Colombia, a las que cabría añadir, si finalmente se tratan de verdaderas elecciones, las venezolanas. Por diferentes razones los mencionados comicios cobran inusitada importancia: Méjico es ya desde hace tiempo un país clave para entender el futuro del mundo, en especial por su capacidad de influencia en el poderoso vecino del Norte; Brasil debe unir a su recuperación económica la institucional, seriamente dañada en los últimos tiempos; mientras que en Colombia se someten a veredicto las importantes reformas llevadas a cabo por Santos (proceso de paz incluido en lugar destacado). Por lo que se refiere a Venezuela, uno de los puntos oscuros del orbe, las elecciones presidenciales podrían suponer, frente a la oportunidad que unas verdaderas condiciones democráticas implicarían, una escalada casi definitiva en una situación insostenible desde tiempo ha.

En lo que respecta a las relaciones internacionales 2017, frente a lo que en un principio llegó a vaticinarse, ha sido un año de cierta estabilización. A este respecto destaca ante todo la práctica erradicación del fenómeno del Estado Islámico, al menos en lo que atañe a sus bases territoriales, sin perjuicio de que su capacidad de ataque a Occidente no haya disminuido en igual grado, siendo Barcelona y Londres dos terribles muestras de lo señalado. Con todo, Oriente Medio dista de encontrar un punto de equilibrio, siquiera provisional, que le permita recuperar el tiempo perdido: el conflicto palestino, la crisis entre Arabia saudí y Qatar, los conatos de rebelión en Irán… son datos que invitan a pensar que la zona continuará siendo por largo tiempo los Balcanes del siglo XXI.

Mucho revuelo ha causado en las últimas semanas el documento de Estrategia de Seguridad Nacional elaborado por la Administración estadounidense. Aislado del ruido de los tweets presidenciales, nada se reveló en el mismo que no supiéramos: afirmar que los grandes rivales-competidores de Estados Unidos son China y Rusia es en realidad casi una perogrullada. Con todo, la gran cuestión es si cabe hablar o no de guerra fría ante los movimientos que dichos jugadores vienen realizando en el tablero mundial. Estados Unidos no parece ni mucho menos haber vuelto a casa; China sigue renuente a salir al escenario, intensificando su penetración a nivel económico; Rusia parece haber renunciado a tirar de nuevo los dados, habiendo optado por consolidar sus conquistas recientes. No obstante, tal y como señalan los expertos en la materia, otra partida paralela se juega todos los días sin que el gran público conozca más que la punta del iceberg, una suerte de blitzkrieg en donde los antiguos panzers han sido sustituidos por ordenadores. Por el momento la situación podría asimilarse a la derivada de los “escarceos” bélicos protagonizados por cazas, submarinos o espías en la guerra fría; sin embargo los peligros de este “duelo en la sombra” son muchos: capacidad de destrucción no controlada (siquiera por los presuntos atacantes), ausencia de publicidad y, por lo tanto, de escrutinio por las poblaciones afectadas o la propia comunidad internacional…, por lo que tarde o temprano habrán de ponerse límites a la que es hoy la principal amenaza para la paz mundial. Por su parte, Europa parece permanecer impasible ante el tablero, esperando, quizás, su oportunidad para volver a sumarse a la partida, y limitándose por ahora a dar consejos a los distintos jugadores. Una Unión que desde hace tiempo parece haber detenido su imparable avance de un pasado no tan lejano, ensimismada en la pregunta de qué quiere ser de mayor y conmocionada aun por el mazazo del Brexit, y que, si no pone remedio, camina derecha a convertirse en parque temático mundial, atractiva como nunca pero irrelevante en el teatro mundial.

Ante el panorama descrito cabría plantearse si el mundo se encuentra en 1830 o 1900, esto es, al comienzo de un largo período de estabilidad o en el inicio del final del mismo. El conflicto, por desgracia, es inherente al ser humano y a su principal creación para la organización de la convivencia, los Estados. Sin embargo, la Historia no es sino el progreso en la articulación de mecanismos para el encauzamiento de esos conflictos. En 2018 “pasarán cosas”, de eso no hay duda, e incluso es bueno que sea así. Lo importante es que, y en eso cada uno de nosotros podemos aportar nuestro granito de arena, dichos sucesos tengan como consecuencia que un mayor número de personas puedan “existir” de una manera digna, disfrutar de los bienes materiales y espirituales de este mundo e incorporarse al camino que les permita (tal y como rezara el Preámbulo de la Declaración de Independencia norteamericana) buscar la felicidad. Que así sea.
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