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TRIBUNA

Un hombre para una hora decisiva

viernes 19 de enero de 2018, 20:18h

Hace unos días se estrenaba en los cines españoles la producción “El instante más oscuro”. Se trata de la segunda película que ha visto la luz en breve lapso de tiempo teniendo como protagonista la figura de Churchill y la tercera cuya temática se centra en el esfuerzo bélico británico en la Segunda Guerra Mundial. El gran acontecimiento de nuestro tiempo nunca pasa de moda, siendo observable en los últimos años un interés aún mayor sobre los diferentes aspectos de un lustro que habría de cambiar para siempre la historia del mundo.

“El instante más oscuro” aborda el ascenso de Churchill al cargo de primer ministro y las primeras semanas de su mandato, marcadas por la invasión alemana de Francia y el colapso de la defensa Aliada en la misma. La película presenta aciertos indudables. En primer término, cabe subrayar su extrema fidelidad a los hechos (algo, por lo demás, característico en el cine de las Islas), ya que, salvo algunas licencias cinematográficas (el viaje del Viejo León por el metro londinense es una de ellas), cada fotograma de la película podría servir como lección de Historia. En segundo lugar, ha de elogiarse la lograda caracterización de los personajes (física y, sobre todo, psicológica), comenzando por la interpretación de Churchill por un Gary Oldman que hace tiempo que demostró que es uno de los grandes actores de nuestros días (quizás el único pero es el difuminado de la tremenda vitalidad del político inglés, oscurecida por exigencias del director, aunque no compartibles). Junto a él, las interpretaciones de personajes como Chamberlain, Halifax o la propia Clementine Churchill nos trasladan por arte de magia a lo que sucediera entre el 7 de mayo y el 18 de junio de 1940. Y, finalmente, destaca la magnífica ambientación del film. Así, por ejemplo, la recreación del Pleno de la Cámara de los Comunes es memorable: los juegos de luces y sombras, la reproducción del bullicio normalmente imperante en las sesiones más trascendentales, la evocación de los ominosos silencios, auténtica pena capital en Westminster… todo ello acompañado con movimientos de cámara que como nunca antes introducen al espectador en el sancta sanctorum del parlamentarismo.

En el debe de la película ha de mencionarse que se echa en falta la transmisión de un mayor dramatismo en relación con lo que se cuenta en ella, algo imprescindible en la actualidad para captar la atención del público. Seguramente, tal carencia se debe al prurito realista en el guión y en el planteamiento de la misma; sin embargo quizás hubiera sido conveniente una mejor contextualización de los hechos para transmitir lo agónico de la situación vivida. En este sentido, por ejemplo, el desmoronamiento francés podía haber sido reflejado con mayor intensidad, acorde con la gravedad de lo que estaba sucediendo y de lo que se avecinaba; en su lugar, en cambio, hay una cierta caricaturización de las relaciones con el aliado al que Churchill siempre consideró junto con Reino Unido como pilar de la civilización occidental. Con todo, hay que decir que existen a lo largo del metraje pequeños guiños que transmiten el dramatismo referido, sobresaliendo al respecto la sobrecogedora secuencia en la que a los cráteres contemplados desde el avión en el que el premier sobrevuela Francia se superpone el rostro de la Muerte, plasmado en la cara del cadáver de una las millones de víctimas que habría de arrojar la contienda.

La escena inicial de la película se sitúa en la que ha sido calificada por Roy Jenkins como la sesión más importante de los Comunes de toda su historia, la del 7 y 8 de mayo de 1940, pues la misma da pie a que los destinos de Gran Bretaña y, con ella del mundo, cambiaran para siempre. Un incidente en principio puramente procedimental, una moción de receso, deriva, por iniciativa de la oposición laborista, en una votación de confianza sobre un gabinete contra las cuerdas por el fracaso de la expedición Noruega y el consiguiente reembarque de las últimas tropas británicas desplegadas en los fiordos un mes antes. Chamberlain no pierde la votación en términos aritméticos, pero el desplome de su mayoría de más de 200 diputados a poco más de 80 significa su muerte política (entendimiento más que encomiable de la dinámica política por los que pueden considerarse inventores de la democracia contemporánea), máxime en un momento en que se necesita un gobierno de concentración y el máximo apoyo posible de la Nación. A partir de ahí, el hombre del momento no puede ser otro que Churchill (Primer Lord del Almirantazgo desde hace meses), Casandra desde el ascenso de Hitler al poder, al que el tiempo ha dado por completo la razón. La única alternativa, Halifax, renuncia a su candidatura, dada su posición como Lord (no miembro de la Cámara Baja), reservándose quizás para más adelante, esperando, quién sabe, el fracaso de su único rival (su apodo de “Zorro Sagrado” no es, en cualquier caso, casual).

Desde su acceso al poder Churchill se enfrenta a una de las más terribles pruebas a las que se ha sometido ser humano alguno. El recuerdo de las carnicerías de la Gran Guerra, donde fue sacrificada la juventud británica, se debate con su repugnancia hacia un enemigo con el que sabe no puede haber entendimiento posible, ya que, en último término, solo aspirará a la dominación total. La soledad del poder es una de sus mayores cargas y Churchill la experimenta en esos días, tal y como se evoca en la película. No atravesará en tal coyuntura uno de sus episódicos períodos depresivos (lo que llamaría su “perro negro”), pero, en todo caso, siente lo terrible de la libertad humana, la posibilidad de errar en una decisión de la que dependen miles de vidas (mientras el mundo sigue girando, como se evoca magistralmente en la película en el contraste entre la pesadumbre del premier en su coche y la despreocupación de sus congéneres ocupados en sus quehaceres diarios).

En las semanas que siguen tres fantasmas sobrevuelan la mente y el ánimo del descendiente de Marlborough: la defensa de Francia y, sobre todo, el futuro del Cuerpo expedicionario británico; la conveniencia o no de resistir a ultranza la tentación de negociar con el agresor; y la supervivencia política de su gabinete y, por ende, la suya propia. Comenzando por lo que, con gran seguridad, menos tiempo ocupó los desvelos de Churchill, no hay que olvidar que el mismo no despertaba en esos momentos una gran entusiasmo entre los parlamentarios de su partido (el ascendiente de Chamberlain y el recuerdo de sus idas y venidas “a y desde” las filas liberales influyeron en ello) y que solamente era “tolerado” por los laboristas (la película comete alguna inexactitud en el aspecto de señalar que Attlee impuso como primer ministro a Churchill). A ello debe añadirse que el propio rey no guardaba buen recuerdo de la postura que el posterior Premio Nobel había tenido en relación con la abdicación de su hermano. Bien pueden decirse que muchos esperaban su fracaso, y, como se ha indicado, Halifax el primero. Por lo que respecta a la situación en Francia, su preocupación fue tal que realizó nada más ni nada menos (con 65 años, no debe olvidarse) que siete visitas en el plazo de un mes. Cuando la derrota gala es inevitable adopta la decisión de no arriesgar más efectivos, particularmente aviones, en una defensa ya imposible, así como la vuelta a casa del mayor número de hombres.

Y ante todo, la tentación de que todo termine, de sentarse a hablar con el Diablo para que el viejo jardín inglés pueda continuar floreciendo como desde hace siglos. Olvidar el mundo y que el mundo le olvide a uno, tentación eternamente humana en los momentos de desolación. Argumentos racionales lo respaldan, y los mismos son invocados por Chamberlain y, en especial, por Halifax (ambos desde la buena fe y las mejores intenciones, no se dude) cuando todo parece perdido. El largometraje comentado refleja claramente las tensiones en el gabinete de guerra. Algo muy parecido efectivamente sucedió, ya que en el corto espacio de tres días se reunió hasta nueve veces, algo completamente inusitado en los registros de cualquier ejecutivo e inequívoco signo de debilidad del control del primer ministro sobre el mismo. Todo, pues, estuvo a punto de ser distinto. Sin embargo, Churchill encuentra fuerzas (el apoyo en el gabinete de guerra del laborista Greenwood y la reunión con el Gabinete al completo son báculos desde los que cobraría impulso) y no sucumbe a la paz. Finalmente, Chamberlain, con el que Churchill es deferente y delicado en extremo (de hecho, le permite residir en el 10 de Downing Street hasta mediados de junio, cuando se traslade definitivamente desde el Almirantazgo) inclina la balanza en su favor. Y, paralelamente, el milagro se obra: en los últimos días de mayo más de 225.000 británicos consiguen volver a casa (a los que hay que sumar más de 100.000 aliados). La victoria en la derrota que supone Dunquerque es catártica: ya no hay vuelta atrás.

La decisión está tomada. Quedaba lo más difícil, resistir el inminente ataque a los hogares ingleses, aunque probablemente lo más difícil se había hecho ya. Y el verbo se hizo hombre. Los discursos del 4 y el 18 de junio ante la Cámara se estudian y estudiarán eternamente en cualquier escuela de retórica. El futuro es terrible ante la tormenta que se acerca, pero ahí Churchill reúne a los ingleses en torno a él en el día de San Crispín. Serán los “felices pocos”.

El gesto churchiliano de la victoria ha quedado para siempre como la expresión, como el símbolo de que, con todas sus miserias, el ser humano, cuando es puesto a prueba en las más difíciles circunstancias, cuando toda luz se ha desvanecido, resulta grandioso, pues su voluntad todo lo puede. Por ello, que el séptimo arte, la gran paideia de nuestro tiempo, se acerque una vez más a la figura del Viejo León no es sino una magnífica noticia.

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