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TRIBUNA

Arquitectura parlamentaria

viernes 23 de febrero de 2018, 20:11h

Semanas atrás la Cámara de los Comunes aprobó acometer una sustancial remodelación del Palacio de Westminster. Dichas obras se llevarán a cabo en principio entre 2025 y 2031 e implicarán el traslado forzoso de los diputados y lores a otros edificios que se acondicionarán para la celebración de las sesiones de las Cámaras. Tras muchas resistencias por un sector de MPs (la votación fue muy ajustada, 236 a 220), finalmente ha acabado imponiéndose el peso del informe experto elaborado en 2015 en el que se ponía de manifiesto el muy deteriorado estado del edificio, con riesgo para la propia integridad de las personas que desempeñan en él sus cometidos profesionales. Por lo demás, tal situación no es novedosa en muchas construcciones parlamentarias, gran número de ellas construidas hace dos siglos, que han necesitado o necesitan importantes obras de adecuación. Así, por ejemplo, el Parlamento canadiense también ha cerrado su sede tradicional para trasladarse a una cercana, en tanto en cuanto se acometen importantes reformas que llevarán años de ejecución.

El espacio físico influye sin duda en la realización de cualquier actividad humana. Podría hablarse así de una suerte de “geopolítica en minúsculas” (o de las pequeñas cosas) por la que se analizarían las repercusiones que el espacio y sus caracteres tienen en la psique humana. Ello también es aplicable a la actividad parlamentaria. En relación con ello, se ha llegado incluso a sostener que la peculiar conformación de la Cámara de los Comunes británica, con dos grandes bancadas de escaños situadas frente a frente, jugó como factor coadyuvante en la conformación del tradicional sistema bipartidista de las islas. Sin necesidad de llegar tan lejos, pues el diseño de las construcciones que albergan los Parlamentos y la conformación de Plenos y salas de Comisiones no determinan, obviamente, lo que allí sucede (en términos de debate y acuerdos), no puede negarse, en cualquier caso, su influencia, por mínima que sea, en el resultado final.

Son pocos los Parlamentos albergados en edificios inicialmente diseñados para tal fin. Así, entre los escasos ejemplos cabe citar el Capitolio estadounidense, el Parlamento húngaro o nuestro Congreso de los Diputados. Lo más habitual ha sido su ubicación en construcciones destinadas previamente a otros usos. En este sentido, cabe recordar que los primeros Parlamentos nacidos en la Edad Media se reunieron en iglesias o catedrales, aspecto no sorprendente si se tiene en cuenta que la arquitectura civil carecía por entonces de espacios suficientemente amplios para albergar las sesiones. Tal es el caso de la Cámara de los Comunes británica (Capilla de St. Stephen) o de las Cortes de los distintos reinos españoles. Incluso como ejemplos relativamente recientes cabe citar, también en nuestro país, la elección del Oratorio de San Felipe Neri de Cádiz para albergar gran número de las sesiones de las primeras Cortes contemporáneas españolas o la actual sede del Senado, antiguo colegio-convento de María Aragón, perteneciente a la comunidad de agustinos calzados (desde 1835 acoge la Cámara Alta, aunque primero fue sede de las Cortes unicamerales bajo la vigencia de La Pepa y posteriormente durante el trienio liberal). Igualmente, puede mencionarse el caso de la Asamblea Nacional portuguesa, ubicada desde 1834 en el antiguo convento benedictino de Sao Bento. En conexión con lo apuntado, ha de recordarse que la relación entre la escenografía eclesiástico-religiosa y la parlamentaria es evidente, como por otra parte subrayara Schmitt al analizar los conceptos claves del moderno constitucionalismo (“Teología política”). En el resto de casos los Parlamentos se han ubicado en antiguos palacios, pertenecientes a la realeza o a la nobleza. Así, cabe citar a este respecto las sedes de las dos Cámaras francesas (Palacios Borbón y de Luxemburgo) y de las italianas (Palacios de Montecitorio y Madama).

Las líneas arquitectónicas seguidas son muy variadas, si bien predomina en la mayoría de sedes el estilo neoclásico, por las razones acabadas de apuntar. Una excepción a este respecto es el Parlamento británico, ya que en su reconstrucción tras el incendio de 1834, para apartarse del modelo francés (país con el que estaban aún abiertas las heridas de las guerras napoleónicas), se optó por el estilo neogótico. De inspiración británica es también el maravilloso edificio del Parlamento húngaro, a orillas de Danubio. De otro lado, no faltan tampoco modernas construcciones que han incorporado las últimas vanguardias arquitectónicas sin romper del todo con la tradición. Sobresale en este aspecto la espléndida sede del Bundestag alemán, inaugurada tras amplias reformas en 1999, obra de Norman Foster, cuya cúpula transparente es, además de un prodigio arquitectónico, un símbolo de lo que todo poder público debe ser.

Junto a los edificios principales de los Parlamentos, el creciente rol de los mismos (reflejado, por ejemplo, en el exponencial incremento de la agenda legislativa) ha hecho que bien pronto haya sido acuciante la necesidad de nuevos espacios. Así, se han llevado a cabo ampliaciones de los edificios primitivos (caso del Capitolio y del Congreso de los Diputados español) cuando no se han construido o alquilado edificios próximos en la práctica totalidad de los Parlamentos (la excepción, por el momento, la constituye el Senado español). En este sentido, destaca la colosal “Library of Congress” estadounidense, auténtica “biblioteca de Babel” en términos borgianos (se afirma que todos los libros del mundo están en ella), que ocupa cuatro edificios de considerables dimensiones. Además de lo señalado hasta el momento, ha de subrayarse que algunos Parlamentos cuentan con espacios exteriores dignos de mención, sobresaliendo al respecto sobremanera el Senado francés, que comprende no sólo el Palacio del Luxemburgo sino también unos imponentes jardines (que consumen buena parte del presupuesto de la Cámara) abiertos al público.

Por lo que respecta al diseño interior de las Cámaras, la suntuosidad o elegancia de las salas más representativas es la regla general: salas de pasos perdidos, bibliotecas, despachos de honor de la presidencia, lobbies… aparecen rodeados de gran ornato, con multitud de representaciones simbólicas e históricas que pretenden reflejar y transmitir la relevancia del papel del Parlamento. A este respecto cabe citar, a título de ejemplo, los “frescos” de Delacroix de la biblioteca de la Asamblea Nacional francesa, el salón de pasos perdidos del Parlamento húngaro, el lobby de Westminster, la sala Maccari del Senado italiano, o los cuadros de temática histórica de la colección del Senado español.

Al margen de lo señalado, la conformación de los salones de plenos y de las salas de comisiones reviste particular interés. En cuanto a los primeros pueden distinguirse dos grandes modelos. En primer término, el modelo Westminster, ya mencionado, con disposición rectangular en el que se sitúan gobierno (y partido que lo sostiene) y oposición en bancadas enfrentadas, modelo que ha sido importado por los Parlamentos de influencia británica como el canadiense, y en el que se inscribiría también, como singularidad única en el continente, el antiguo salón de sesiones del Senado. En este sentido, la disposición referida favorece el contacto político, haciendo más directo y ágil el debate. Si bien su conformación podría asimilarse a la de un ring y, por tanto, propiciaría en principio la lucha parlamentaria más descarnada, lo cierto es que, por el contrario, tal vez haya jugado en la práctica como elemento de autocontención, de tal manera que la proximidad física haya operado como factor disuasorio respecto al empleo de retóricas excesivamente agresivas o incluso ofensivas. A este respecto, cabe señalar que la distancia entre ambas alas de escaños de los Comunes (o mejor dicho entre la primeras hileras de las mismas) se diseñó tomando como referencia el largo de dos espadas, como medida de precaución en los primeros Parlamentos en los que los diputados podían portar (y de hecho llevaban) armas en el recinto.

Por lo demás, el modelo dominante en el resto de asambleas es el de hemiciclo (preferentemente, mediante hileras de escaños escalonadas en altura), inspirado en teoría en los antecedentes de la Antigua Roma, y acogido por la Francia revolucionaria, referente a partir de entonces para los Parlamentos que después “fueron”. Como es sabido, a partir de entonces los diputados se ubican agrupadamente en función de su similar adscripción ideológica o partidista (aunque no será hasta muchos más tarde cuando quepa hablar de partidos políticos). Sobradamente conocido es a este respecto el origen de la denominación de “montañeses” para los diputados jacobinos, en virtud de su ubicación en la Asamblea revolucionaria. Así hasta llegar a nuestros días, en los que, como sucede en las Cámaras españolas, los parlamentarios de uno y otro signo se sitúan a derecha o izquierda del frente de la Presidencia en función de su “color” ideológico.

Particular interés reviste la ubicación de la presidencia y el Gobierno. En buena parte de Parlamentos los asientos reservados para el ejecutivo se sitúan bajo la presidencia (o incluso a su altura) y de frente a los escaños de los parlamentarios. Tales son, entre otros, los casos italiano, alemán, danés o griego. En otras asambleas se le reserva la primera bancada de escaños de cara a la presidencia, como sucede en Francia o España. Por lo que respecta a los parlamentarios, estos se sientan en escritorios corridos, ya sea en bancadas fijas (Gran Bretaña) o individuales (España, Francia). Destaca al respecto el caso del Senado norteamericano, con escritorios individuales (separados del resto) para cada senador. De otra parte, cabe recordar que en la Cámara de los Comunes no hay sitios suficientes para todos los diputados (estos llegan a 650), por lo que en sesiones de alta expectación muchos de los Miembros han de seguir el debate de pie. Ni que decir tiene que las principales figuras de los grupos parlamentarios se sientan en los escaños más bajos o cercanos a la presidencia. Los escaños más atrasados suelen concentrar a los parlamentarios menos veteranos, lo cual, no obstante, no siempre es sinónimo de irrelevancia, lo que sucede particularmente en el caso británico, con los backbenchers como grupo de influencia decisiva en determinadas coyunturas (en particular, en el seno de los tories, con el célebre Comité 1922).

En cuanto a las salas de comisiones, su fisonomía es muy variable. No faltan aquellas que reproducen a menor escala la configuración del Pleno. En la mayoría de ocasiones su conformación es la de una mesa rectangular (Gran Bretaña, Estados Unidos) o en forma de herradura, lo que favorece el contraste de pareceres. Tampoco son infrecuentes lo ejemplos de comisiones en las que los distintos parlamentarios se agrupan en bancadas situadas de frente a la presidencia, como es el caso de la mayoría de salas en el Congreso y el Senado españoles. La ubicación de comparecientes, sean miembros del Gobierno, demás autoridades o particulares, suele situarse en la mesa de la presidencia, bien a la derecha del presidente o en un extremo. Como excepción cabe subrayar la posición de los comparecientes en las Comisiones estadounidenses, incluidos miembros del Gobierno, de frente a la presidencia y en un plano inferior, en lo que se ha querido ver una manifestación (simbólica o no) del poder del Congreso en el sistema político de la Unión.

En definitiva, el Parlamento, casa (en este aspecto, el término inglés de Houses es bastante ilustrativo) de toda la comunidad, cuenta con sedes diseñadas para reflejar la importancia de tal institución, en donde se renueva cada día el pacto social originario. En este sentido, baste recordar las palabras de uno de los padres de la politología contemporánea, Karl Loewenstein, para quien el alumbramiento de la técnica de la representación (que hizo posible la institución parlamentaria) ha sido tan decisivo para el desarrollo político de Occidente y del mundo, como lo ha sido para el desarrollo técnico de la humanidad la invención del vapor o la electricidad. En muchos lugares el edificio del Parlamento se ha convertido en símbolo del país: el Big Ben, las cúpulas del Capitolio y de la Asamblea húngara, la Torre de la Paz del Parlamento canadiense… han conseguido sobradamente su propósito, erigiéndose como elementos de autorrepresentación e integración de toda una sociedad, de continuidad entre los que pasaron, los que se afanan en los trabajos y los días del presente y los que vendrán… Ubi societas, ibi parlamentum.

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