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TRIBUNA

Democracia-enter: guardando datos...

martes 03 de abril de 2018, 20:40h

Hace pocos días se hizo pública la noticia de que una empresa ligada a Facebook, Cambridge Analytica, había utilizado datos personales de 50 millones de personas con fines electorales en diversas campañas políticas, entre ellas la que llevó a la presidencia estadounidense a Donald Trump. A raíz de ello se ha conocido que técnicas similares fueron seguidas por la campaña pro Brexit y por el propio equipo de Barak Obama. En los supuestos ahora revelados se hizo una utilización indebida de datos personales obtenidos de los usuarios de servicios y aplicaciones telemáticas, pero, como luego se señalará, podría cuestionarse el uso de tales datos aun cuando los mismos estuvieran “anonimizados”, esto es, desvinculados de cualquier identidad. En todo caso, cabría preguntarse (ejerciendo de “abogado del diablo”): si la utilización de perfiles motivó que el mensaje político se adaptara a los mismos, si los electores escucharon lo que querían oír, ¿es eso malo?, y yendo más lejos, ¿no fue algo positivo que el programa y agenda políticos respondieran más fielmente a las inquietudes y anhelos de los ciudadanos?

Internet, webs, apps, tablets, teléfonos inteligentes… hacen la vida mucho más fácil. Un golpe de ratón y conectamos con quien sea donde sea, portadores ambulantes de millones de enciclopedias británicas, obtenemos en segundos información que hace años costaba conseguir, de hacerlo, toda una vida. Accedemos a mundos que antes ni siquiera soñábamos… Pero nos dejamos jirones de nosotros con cada click. Cada vez que aparece en pantalla “si te interesó”, “te podría gustar”… (o, peor aun “te gustará”), sea de manera expresa o, lo que es más criticable, implícita, se nos facilita enormemente la vida (incluso podemos sonreírnos ante esos adivinos modernos), pero el envés es que, alguien, un algoritmo (y su creador y empleador) nos conocen mejor que nosotros mismos. No deja de ser irónico el hecho de que nuestra identidad se difumine bajo el pretexto de una asistencia personalizada.

Los casos más sensibles son aquellos en que se accede ilegítimamente a datos sobre nuestra salud, vida diaria, preferencias políticas o creencias religiosas. Pero más allá de eso, tal y como se ha indicado, incluso cuando se anonimizan los datos (mantra bajo el que pretenden ampararse métodos más que discutibles) dos grandes peligros, o cuando menos, interrogantes, se suscitan. En primer término, en lo que respecta a las ventajas competitivas, y, por consiguiente, desigualdad en el mercado, de las que gozan los “acaparadores” de datos. Aquellos que poseen más información parten con una considerable ventaja para competir. Siempre ha sido así, pero ahora la posición de dominio que otorga el acceso a los datos (en muchos casos suministrados de modo inocente) incrementa exponencialmente la posición de privilegio competitivo. Ante ello cabría preguntarse si es este el inevitable peaje que ha de pagarse por la nueva revolución, no sólo económico-productiva, sino también cognitiva. Cierto es que la koiné contemporánea, las nuevas tecnologías, han sido el producto de una siempre arriesgada investigación llevada a cabo durante años y de una importante inversión por parte de las empresas (sobre todo, en un primer momento), pero el nuevo fenómeno de concentración de poder económico es de tal intensidad que los oligopolios industriales de finales del siglo XIX (ligados en buena parte al desarrollo explosivo que se produjo en sectores como el ferroviario) palidecen ante los gigantes de la moderna industria. Y, sobre todo, el poder de las grandes plataformas es de una dimensión desconocida en la historia, pues no solo supone control económico sino también el potencial control sobre millones de existencias. Basta poner un ejemplo. Hoy puede saberse cuántas personas viajan diariamente entre una ciudad y otra (geolocalización siquiera anónima) así como las páginas de internet consultadas antes y durante el viaje. El conocimiento no suele ser aséptico, se conoce para tratar de influir en lo conocido…sugiriendo nuevos patrones y eso tiene que ver con el segundo de los peligros aludidos con anterioridad.

Y este no es otro sino el de la posibilidad de manipulación, o, si se quiere, de influencia, de redireccionamiento de comportamientos y de opiniones. Bien es verdad que la frontera es siempre difusa y difícil. La publicidad, hoy aceptada acríticamente en nuestras sociedades, consiste precisamente en eso en cuanto trata de orientar las preferencias del consumidor. Si la teoría económica clásica afirmaba que la oferta es una respuesta a la demanda, hoy sabemos que no es así, no al menos en numerosos supuestos en los que la demanda se crea “artificialmente” (y no sólo por lo que se refiere a artículos de lujo, sino incluso a muchos de los que hoy ya se consideran de primera necesidad). ¿Y es esto criticable? Más allá de alguna desaprobación en relación con destinatarios como niños o adolescentes, lo cierto es que nos hemos acostumbrado a ello, lo hemos aceptado, confiamos en la madurez del ciudadano, en su capacidad de crítica, aunque sabemos que esta no es ni mucho menos universal ni se da en igual grado en todos los afectados. En cualquier caso, es un mal que se contempla como inherente a la sociedad de consumo, e incluso al desarrollo y la prosperidad.

La televisión ha sido la gran manipuladora de la segunda mitad del siglo XX y así se ha asumido: ha creado tendencias y ha dirigido las preferencias de consumo cuando no las conciencias de los que se asomaban a ella. ¿Es Internet diferente? Y si lo es ¿en qué? En su alcance, cabría responder. El influjo de la televisión era enorme, algo que hemos olvidado, pero las posibilidades de Internet son mucho mayores, debido a su carácter global y a su inmediatez. ¿Cómo puede manipular? Si se sabe que B (comportamiento u opinión) es distinto si entre A (causa) y B se introduce otro factor o mensaje (C), la capacidad para identificar C (y el monopolio de ello) es ya el elemento clave del poder. Pero ¿la publicidad no ha consistido siempre en eso? Y la política ¿no ha respondido desde su inicio a dicho modus operandi? Ahora ocurre que el cauce es mucho más amplio, pero el río siempre ha corrido.

El debate político e ideológico, y su versión alzaprimada, esto es, la campaña electoral, en su deber ser se conforma como la exposición razonada de las distintas opciones políticas ofrecidas a un pueblo que, de manera sosegada y racional, selecciona por contraste la oferta más acorde a sus preferencias o intereses. En realidad, dicho modelo nunca ha operado en la práctica, pero hoy en día menos que nunca y ello no es solo culpa de las oferentes sino también de los demandantes, dato que debería llevar a una profunda reflexión. En lugar de ello, asistimos a una creciente sentimentalización de la política, en emisor y receptor, fenómeno del que las nuevas tecnologías son a la vez causa y efecto. Y, precisamente, esa sentimentalización es campo abonado para las influencias indebidas (de ahí que el fenómeno sea en modo alguno inocente o espontáneo). ¿Ello deslegitima el resultado? Ah!... el eterno dilema en democracia… el pueblo ¿puede o no puede equivocarse?, he ahí la cuestión.

Ahora bien, ello no quiere decir que no sea conveniente poner límites, por más que muchos de ellos no sean realistas o efectivos. En cualquier caso, está el problema de la necesaria garantía de la igualdad de armas de todos los actores en juego, especialmente en las contiendas electorales. Las subvenciones públicas, el mailing electoral (hoy financiado con fondos públicos)… ya no son nada comparado con los datos, con la posibilidad de crear perfiles de grupos a los que mandar mensajes apropiados. Sin habernos dado cuenta ha cambiado el agua de la pecera de forma radical. Vivimos en otro medio y tenemos que adaptarnos a él y modificarlo también para adaptarlo en la medida de lo posible a nosotros, a nuestra humanidad, a nuestro más preciado valor, nuestra singularidad como personas. Entre la caverna y 1984 hay un amplio margen. Seamos optimistas.

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