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NOVELA

Benito Pérez Galdós: Diez novelas y un discurso

domingo 20 de mayo de 2018, 18:22h
Benito Pérez Galdós: Diez novelas y un discurso

Edición de Germán Gullón y Francisco Estévez. Cátedra. Madrid, 2017. 1792 páginas. 65 €.

Por Rafael Fuentes

Este mes de mayo se conmemora el 175 aniversario del nacimiento de Benito Pérez Galdós, circunstancia idónea para saludar la llegada a las librerías de este volumen de la Biblioteca Aurea de diez obras maestras del autor de Fortunata y Jacinta, acompañadas de un Discurso clave, donde se resume su declaración de principios narrativos expuesta en su disertación en la entrada a la Real Academia Española (RAE), bajo el título. “La sociedad presente como materia novelable”. Una edición bajo el exquisito cuidado del profesor Francisco Estévez -crítico habitual en estos Los Lunes de El Imparcial-, y autor del reciente estudio Galdós en sus textos, del que muy pronto nos ocuparemos en estas mismas páginas-, y del catedrático emérito y expresidente de la Asociación Internacional de Galdosistas, Germán Gullón, quien añade un esclarecedor prólogo a estas diez novelas, fundamentales para nuestra narrativa, seleccionadas en este volumen. Reflexión preliminar que permite tasarlas desde la óptica del siglo XXI y constatar no solo su vigencia, sino también su revalorización en el transcurso del tiempo. La época en que se escribe una obra desconoce de ella infinidad de cuestiones que van saliendo a la luz solo con la mirada de periodos posteriores. Y las creaciones galdosianas salen, sin duda, fortalecidas tras esta inclemente prueba de fuego.

La elección de estos diez títulos posee su primera gran virtud en mostrar textos extraordinariamente representativos de los distintos momentos que va atravesando la obra literaria del escritor canario. Al hilo de este acierto, tanto el estudio preliminar como el encadenamiento de las novelas seleccionadas, evidencian -segunda gran cualidad de esta edición- la persistencia de Galdós al sobrevivir a todos los innumerables sectarismos ideológicos y fanatismos estéticos que le han agredido inútilmente, cuando encarnaba justo el contrapunto de un espíritu libre y tolerante. Batalla pérdida por toda índole de intransigencias cuando enarbolaban en público sus obcecaciones, a la vez que le leían con fruición en privado.

De su primera época de novelista de tesis, se selecciona la más popular: Doña Perfecta (1876), obra que ratificaba la superación definitiva de un costumbrismo que se había alargado desmesuradas décadas en las letras españolas. Mesonero Romanos fue el primero en aplaudir esta hazaña y entregar el testigo de una era trasnochada a otra que desplegaba formidables posibilidades, desde conectar y revitalizar el pasado cervantino hasta explorar la revolución burguesa con todas sus consecuencias colectivas y personales.

No terminó, sin embargo, tan satisfecho Benito Pérez Galdós con esa saga de novelas de tesis políticas que se inició con La Fontana de Oro y se extendió hasta La familia de León Roch, teniendo a Doña Perfecta como su producto más acabado, precisamente por las mismas razones que le reprochaba benévolamente don Juan Valera: su partidismo al presentar las dos Españas, su frentismo liberal que únicamente le posibilitaba considerar la vertiente política de la persona, su maniqueísmo que le llevaba a arengar a los personajes ideológicamente equivocados, después de presentarlos de una sola pieza. Galdós hace su autocrítica implícita en el Discurso de Recepción en la Real Academia Española, “La sociedad presente como materia novelable”, al frente de esta edición.

El novelista crece, y sin abandonar sus ideales políticos, comienza a explorar de forma poliédrica a sus nuevos personajes, observando sus razones ocultas, sus contradicciones, su humana complejidad, guiado más por el afán de comprender con misericordia que de juzgar como fiscal. Nace de inmediato una formidable novela: La desheredada –la segunda recogida en estas Díez novelas y un discurso-, que debería considerarse como una de las más grandes obras maestras de nuestra literatura, con la locura de los Rufete, la impotencia del positivista Augusto Miquis para dominar a la “loca de la casa”, la fantasía y autoengaño, a la vez salvadores y condena de Isidora, o las durísimas condiciones de explotación infantil en las que cae su hermano Mariano, alias “Pecao”, que le conducirán a un odio criminal que preludia la era de “acción directa” y terror en que entrará la futura sociedad europea.

Comienza a surgir así esa asombrosa galería de personajes de inaudita consistencia que circulan, en este volumen a través de títulos como El amigo Manso, Tormento o La de Bringas. Formidable resulta el retrato de la sociedad patriarcal en Tristana, octava novela de este tomo de diez. Para construirlos, el autor renuncia a cualquier esteticismo, adopta un lenguaje coloquial, pleno de modismos extraídos del pueblo, lo que le permite abordarlos desde una perspectiva sumamente próxima. Como diagnosticase Gerald Brenan, Galdós bucea en lo cercano y vulgar, para presentárnoslo en un plano superior a donde llega nuestra comprensión, tratando la vulgaridad de una manera extraordinaria llena de sentido.

Las últimas novelas recopiladas por Francisco Estévez y Germán Gullón son aquellas que se adentran en la enigmática complejidad fantasmal de lo real y en las paradojas de los ideales espirituales, entre las que destacan las dos últimas: Misericordia y Nazarín. Esta última volcada en la honorabilidad quijotesca de la búsqueda de la santidad, vista como un sueño a la vez noble y ridículo, en la más pura tradición cervantina.

Una saga novelesca, pues, que no solo nos permite sumergirnos en nuestro pasado sin prejuicios ideológicos, y, por lo tanto, conocernos a nosotros mismos en el presente como herederos a veces inconscientes de ese pasado. También nos lleva a interrogarnos, a cuestionarnos, a rastrear nuevas respuestas, y como señala Gullón en su Prólogo, a confiar en el poder trasformador del ser humano frente a las realidades más adversas. Todo lo cual avala la advertencia que nos hace al aseverar que “sus novelas sirven para iluminar con perenne brillantez esa oscuridad que nos rodea. Hay en ellas un sentido de la propiedad, de la medida, de la decencia, que poco a poco ha ido desapareciendo del dominio público, pero que seguimos necesitando para mantener una convivencia ciudadana con calidad moral.” (pág. 12).

Algo que nos exige retornar a ese placer de la lectura crítica e imaginativa, lo que justifica, a su vez, la máxima de Plinio situada al frente de estas Diez novelas y un discurso: “In bibliothecis inmortales animae loquuntur”, “las almas inmortales nos hablan en las bibliotecas.”

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