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MESSI, PICHICHI Y ASISTENTE

LaLiga 2017-18. El año de la refundación del Barcelona y la desidia del Real Madrid

domingo 20 de mayo de 2018, 22:37h
El Atlético finalizó segundo y el Betis sorprendió con su clasificación para la Europa League, por delante del Sevilla. Por M. Jones

LaLiga 2017-18, que este domingo ha despedido a Andrés Iniesta, el genio español que ha sido uno de los artífices identitarios de la cosecha legendaria del Barcelona y de la selección española en el presente siglo, ha entregado la razón a Ernesto Valverde. El que fuera entrenador del Athletic aterrizó en el Camp Nou con dos imprevistos nocivos: la venta de Neymar al PSG y la goleada encajada en la Supercopa de España ante el Real Madrid. Pues bien, el preparador no entró en pánico y ante la tesitura de complicada respuesta en el mercado de fichajes ideó una vuelta de tuerca al estilo azulgrana que le depararía críticas y la reconquista del título liguero.

Ante la ausencia de desborde -la incorporación de Dembelè quedó en suspenso con la grave lesión que le sacó de circulación-, el Txingurri deshizo el tridente y pasó a conformar un 4-4-2 que inmediatamente cimentó un equilibrio mayor en fase defensiva. Entre sus logros resplandece la recuperación paa la causa de las mejores versiones de Rakitic -interior llegador o suplente de Busquets- y de Jordi Alba -puñal y herramieta de deasatsco desde el carril izquierdo-. Sobre ellos, y en torno a las actuaciones hiperbólicas de Lionel Messi (Bota de Oro con 34 goles y máximo asistente con 12 pases de gol) y de Ter Stegen. Estos dos nombres resolvieron un buen puñado de puntos en el nuevo discurrir más industrial del Barça.

Con Paulinho jugando más minutos que Denis Suárez -declaración de intenciones-, el líder se destacó con rapidez en el dibujo de un recorido que casi les conlleva el curso perfecto -sólo una derrota ha padecido, la sufrida ante el Levante en la penúltima jornada-. La regularidad del bloque más consistente que brillante, más rocoso que colorido, fue, simplemente irrebatible. En la tercera jornada escaló a la cima clasificatoria y ya no la abandonaría. Su tarjeta estadística es elocuente: 93 puntos, 99 goles anotados, 15 dianas concedidas menos que el eterno rival, la portería dejada a cero en 18 partidos y la plusmarca de partidos ligueros consecutivos sin perder.

En su viaje trabajoso -aliñado por la implicación de todos y el hambre de los nuevos, como Coutinho- conquistaron templos como el Bernabéu, San Mamés, Anoeta, el Benito Villamarín o el Estadio de la Cerámica y arrancaron tablas valiosas en el Wanda, en Balaídos, en Mestalla y en el Pizjuán. El récord de duelos ganados por más de dos goles (sólo 9 veces se dio ese margen y en 24 partidos dos o menos dianas) desnuda el triunfo de la preponderancia de la táctica y el sudor sobre cualquier otro parámetro. El uso del contragolpe y del balón parado, sin complejos, se uniformó como cimiento de la inercia. Su jerarquía y competitividad dejaron en la estacada a sus perseguidores y les proporcionó su trofeo liguero número 25 con cuatro jornadas por jugarse.

Este contexto de superioridad sin enmiendas aconteció, en parte, por la endeblez mental del Real Madrid. Los merengues, que partían como defensores del título, se estrellaron con rapidez al convertir sus duelos en Chamartín en suplicios. La sanción y posterior baja forma de Ronaldo (acabó con 25 goles), la sequía de Benzema (10 asistencias) y los descuidos en el repliegue y los apagones en la concentración les costó a los madridistas una sangría de puntos irreversible. En la jornada quinta viajaban en la octava plaza y jamás subiría del tercer escaño. El rendimiento racheado se volvió rutina y su descalabro fue prematuro. Con celeridad se vieron a más de 20 puntos del puntero y en 2018 se enfocarían en la Champions League, amontonando sonrojos caseros (tres derrotas y cuatro empates).

La indolencia sistemática de la plantilla que venía de festejar un doblete (Liga y Copa de Europa) fue amortizada por el Atlético y casi por el Valencia. Los colchoneros zanjaron el calendario en el subcampeonato, con el Zamora para Oblak (20 goles encajados, cifra de rango continental) y la sensación de haber regalado un par de meses en el arranque de la carrera. Griezmann (19 goles) tardó en entrar en temperatura y con él todo el sistema de ayudas. Pero aguantaron la presión con solvencia (y Diego Costa) desde la jornada 15. Con el físico repuntando desde enero, sus vecinos no les pasarían en la despedida de Fernando Torres.

Los levantinos, por otro lado, acabaron cerrando la frontera de la Liga de Campeones en un ejercicio en el que fueron de más a menos. No obstante, los de Marcelino reclamaron y defendieron el estatus de principal perseguidor de los azulgrana hasta la fecha 15. Con Guedes (9 asistencias) y Rodrigo como puntas de lanza, el dibujo gobernado por Parejo y Kondogbia ganó la partida a Villarreal y Sevilla a pesar de haber perdido pie en la lucha con los tres colosos. Mestalla concluyó satisfecha por el gris gen guerrero que evidenciaron sus jugadores a lo largo y ancho del torneo. El regreso a la Champions se subrayó como más que merecido.

Por detrás se descerrajó una batalla prolongada y asfixiante por apropiarse de los escaños quinto, sexto y séptimo. En ella entraron y salieron clubes que en principio no estaban llamados a rodar tan fuerte. Este fue el caso del Getafe -quedó a tres puntos de ese pomposo objetivo-, el Girona -impulsado por un Stuani más venenoso que nunca- o el Eibar -que pasó de estar con al agua al cuello a atisbar el cielo a través de un acueducto de intensidad y convicción-. Todos ellos no llegarían a la orilla, aunque paladearon el sueño alejado de los pronósticos durante muchas semanas.

Precisamente la entidad que acabó navegando hacia el puerto correcto fue un Betis que voló por debajo del radar hasta que en la trigésima jornada apareció en la sexta posición. Setién firmó su opera magna al convencer a su desenfadado y talentoso vestuario de la posibilidad de asaltar lo insospechado desde un libreto divertido de jugar y de ver. En la retina de los verdiblancos queda, amén de la sexta plaza, el 3-5 asestado al Pizjuán. Aquella noche se atestiguó el valor de la continuidad y lo erosivo de la urgencia. Porque los hispalenses, que tuvieron al pilar N`Zonzi apartado durante meses, estuvieron dirigidos por tres técnicos (Berizzo, Montella y Caparrós) para acabar arañando el acceso a la Europa League. In extremis.

El Villarreal de Calleja (sustituto de Escrivá tras la goleada padecida en Getafe, en septiembre), disparado por la dupla Trigueros-Rodri, fue el colectivo más regular en esos peldaños, ya que desde la jornada novena no se bajarían del tren europeo. A pesar de haber vendido en el mercado invernal a Bakambú, su máximo goleador, a China. El Submarino lució la vehemencia en sus aptitudes de la que adolecieron Real Sociedad, Athletic y Celta, tres conjuntos llamados a acabar más arriba. Los Txuri-Urdin no despertaron a tiempo (en la jornada 3 eran primeros y en la decimonovena transitaban el escaño decimoquinto) y despidieron a Eusebio; los leones no elevaron a la categoría de fortín a San Mamés y la gestión de Ziganda cultivó las dudas suficientes para que su mandato caducara en un año (son decimosextos); y los de Balaídos sufrieron una fuga de fuelle que les apeó de cualquier aspiración. Eso sí, Iago Aspas (mejor goleador español con 20 tantos) gritó un billete para el Mundial ruso. Unzué tampoco seguirá.

En tierra de nadie yacen, desde hace meses, un ramillete de equipos que o se desinflaron tras un comienzo prometedor o salieron de la quema y les bastó. A la primera dinámica obedecen Espanyol y Leganés, mientras que la segunda es jurisdiccón del Alavès. Los pericos llegaron a ser décimos antes del ecuador del campeonato, pero ni la explosión de Gerard Moreno salvó a Quique Flores. El técnico fue destituido ante la flagrande voluntad de dejarse ir de sus jugadores, toda vez que aseguraron al salvación. Lo mismo aconteció en el sistema pepinero, que pasó de la esperanza continental -fueron quintos en la novena fecha- al desierto en ocho jornadas (cobrándose a Garitano). Y los vitorianos tuvieron que recurrir a Abelardo (tras pasar por Zubeldia y De Biasi) para creer que era posible seguir en Primera. El asturiano les sacó del farolillo rojo (jornada 13) para finalizar en una lucida decimocuarta posición.

Por último, la guerra de guerrillas por la permanencia perduró en el tiempo pero desembocó en un ajedrez entre tres equipos. El Málaga, que aguantó a Míchel hasta quemarle, sólo estuvo fuera del descenso en las tres primeras jornadas (fue colista desde la vigésima), un bagaje del todo inesperado para el jeque Al-Thani. Con los malagueños desahuciados, Las Palmas, Deportivo y Levante jugaron a la ruleta rusa. Sólo un respingo postrero de los granotas (coincidente con la llegada de Paco López en sustitución de Muñiz, concatenaron victorias para acabar decimoquintos) aclaró el escenario. Los canarios (que tuvieron a Márquez, Ayestarán y Jémez, y vendieron Viera, su mejor jugador, en invierno) sólo ganaron cinco partidos en 9 meses, uno menos que los coruñeses. Los deportivistas fueron los últimos en bajar. Los cambios de preparadores (Pepe Mel, Cristóbal y Seedorf) no eludieron una debacle anunciada por la falta de fortaleza psicológica, el mal que aquejó a los tres candidatos al ascenso a partir del próximo agosto.

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