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El veneno del lujo

lunes 21 de mayo de 2018, 20:13h

Mira, Pablito, te voy a contar un cuento. Gloria Fuertes fue una comunista de las de verdad, una persona de izquierdas íntegra, alguien que durante toda su vida creyó más en la comunidad que en el capital, ajena a la lucha de clases, viendo siempre la vida por abajo y disfrutando de ella. Se crio en un barrio modesto, Lavapiés, tuvo trabajos modestos, su mayor deleite fue rellenar folios con un bolígrafo barato, ir sacando adelante sus libros y luego, por intervención de la vida y el éxito, de las teles y lo bien que se vendían sus textos, ganó dinero. Se vestía de forma humilde, disfrutaba de lo lindo con su media frasca de vino blanco en la taberna taurina Antonio Sánchez, donde seguía en lo suyo, en el andamio de la creación literaria, muy a su aire, ajena al ruido. Gil de Biedma entendió su camino de modo privilegiado: “Hay dos maneras de llegar a ser un gran poeta. Una es ser muy bueno, otra no parecerse a nadie”. A su muerte en 1998 (ahora viene lo bueno, Pablito) dejó cien millones de pesetas (los de tu chalé) para beneficencia (el orfanato conocido como la “Ciudad de los muchachos”). ¿Sabes por qué no se compró un chalé como el tuyo? Porque no lo necesitaba y sabía que toda ideología, al igual que toda vocación obstinada, debe ser, ante todo, una forma de vida. “Eres lo que haces”, parece decirnos desde algunas fotos, y todavía más, cómo lo haces. Unos versos para ti: “Lo primero la bondad/ lo segundo el talento/ y se acabó el cuento”.

No existe una izquierda de champán francés y visa oro (recordemos la estopa dada a Rosa Regás), no existe una izquierda de millonarios que levanta el puño en los mítines y pide al obrero que se esfuerce más (es hipocresía), no existe para alguien de izquierdas una forma de vida privada que sea más importante que la comunidad (salvo que sea un farsante). Tu problema, que no fue el de Gloria Fuertes, es que necesitas una casa de cien millones, ahí radica todo. La necesitas porque ya tienes el veneno del lujo dentro, y así es imposible volver atrás. La sospecha, Pablito, es un virus: una vez que entra en el organismo, ya no sale, no existe el fiarse después del no fiarse, ni en el amor ni en el dinero, y tu militancia ya ni te sigue ni se fía. El PSOE se jodió cuando dejó de ser de izquierdas, así de claro, y el personal comenzó a ver lo mismo que ve ahora en ti, mucho chalé, visa y parné planchadito, el que vomita por la boquita muy guapo el cajero. El PSOE se jodió cuando empezó a pisar más moqueta que calle. Gloria Fuertes supo como nadie lo que supone el lujo de veneno real: se inocula, se te instala dentro y, entonces, ya es tarde, sí, comienza a cegar, es venda que piensa por ti. No eres el mismo con tu chalé de cien millones de las antiguas pesetas y gastos de casi ochocientos euros mensuales (servicio y jardineros aparte). Claro que no, hombre. Gloria lo dijo en la tabernita Antonio Sánchez, donde a veces voy y hablo con ella, ambos con una ronda que no llega entre ambos a cinco euros: “Lo mejor del olvido es el recuerdo”. Podías ser recuerdo, pero ya para muchos de los tuyos, sí, eres olvido. La casta que tenías en el punto de mira es en lo que te convertiste. La ropa de Alcampo: un disfraz, un timo, hasta llegar a estar latitudes. Ahora lo mejor es buscar sintonía o armonía budista a juego con el chalecico: un buen reloj de oro (Rólex), un estupendo automóvil de alta gama (Jaguar), mucho personal para evitar fregar cuando llegues del Congreso (ponles cofia, aunque se despeinen), buenos caldos y vituallas (champán Moet & Chandon, caviar ruso Almas), etc. No me cuentes lo de la revolución francesa (“Fraternidad, igualdad, libertad” o que “Cada cual hace con su dinero lo que le da la gana”) y mira lo que te dice Gloria Fuertes desde el espejito pequeñito y empañado del cuarto de baño: “Eres lo que haces”. Acuérdate mucho de un dato: ella, si se hubiese puesto, no hubiera precisado hipoteca, porque así solo compran las cosas los pobres. Gloria, sí, sabía de lo que iba la vida y la lucha obrera, por haberse mantenido toda la vida ajena a los venenos consuetudinarios con los que tú ahora brindas y saludas desde la mirada de tus secuaces. Salud, Pablo, pon a enfriar otra botella que llegan los calores.

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