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Casas a la malicia

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Según las previsiones de los expertos, el año 2008 finalizará con una caída real del precio de la vivienda.

Una pésima noticia para los inversores del “ladrillo” y para aquellos que tenían pensado vender. Pero tampoco es demasiado buena, aunque parezca increíble, para los posibles compradores.

Al precio que se ha puesto el dinero, hay que estar muy por encima de la media para lanzarse a la aventura de adquirir un bien inmueble. Sí, el tema de la vivienda nos preocupa por encima de cualquier otro asunto y por eso no se habla de otra cosa.

Me pregunto qué se diría en los mentideros del Madrid de Felipe II, cuando en 1561, el rey decidió asentar la Corte en la ciudad y obligó a los madrileños a alojar en sus casas a funcionarios, cortesanos, servidores y demás acompañantes del rey. En aquella época, Madrid era todavía una villa medieval que carecía de grandes edificios. Estaba todo por hacer y hasta que hubiera tiempo para hacerlo había que dar inmediata solución al problema del alojamiento. A través de la “Regalía de Aposento” se obligaba a todos los propietarios de casas de más de un piso a ceder las demás plantas, de forma gratuita, a los miembros de la Corte que tuvieran necesidad de ello.

Imagínense qué gracia. El edicto levantó ampollas en el vecindario y los madrileños, con bastante razón, empezaron a construir casas de una sola planta para eludir la obligación y algunos, los más osados, inventaron lo que se conoció como “casas a la malicia” que tenían una sola planta hacia el exterior y dos o más hacia el interior, por encima de la cornisa, para que no se pudieran ver desde la calle. De esta forma, la fisonomía del Madrid de la época era, a simple vista, completamente plana, a excepción de conventos e iglesias. Otra estratagema que encontró rápidamente la picaresca madrileña del momento, fue la de construir casas con distribuciones imposibles en su interior. “Casas de incómoda repartición”, las llamaron. Y por último, los que tenían dinero se libraban pagando un canon establecido o recurrían a sobornos o exenciones compradas. Ya ven, como en todo, parece que en chanchullos de suelos y construcciones ya había mucho inventado desde hace siglos y que la corrupción urbanística es una tradición muy arraigada entre nosotros.

El Madrid de los Austrias conserva todavía algunos ejemplos de este tipo de edificaciones. Pocos, claro, porque es conocido el afán destructor de las tradiciones que nos caracteriza a los de la Villa y Corte, pero si a algún lector le interesa, puede acercarse por la Calle del Rollo y también por la de Lope de Vega. Es una curiosidad que merece la pena.

De verdad que no es por intentar consolar a nadie, pero ya en 1619 en una carta que don Luis de Góngora escribe a un amigo suyo, le comunica que “He alquilado casa que, en el tamaño es dedal y, en el precio, de plata”.
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